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The Hills 2026 – Un baño de humildad

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El niño Schurter

Estábamos comiendo una pasta con albóndigas en las planicies del viñedo Borgoluce, cerca del poblado de Susegana, donde sería la partida de la carrera al siguiente día, cuando apareció Nino Schurter a pocos pasos. 

Como debía ser normal, me emocioné. Les dije a mis hijos y a mi esposa, vamos a verle, es Nino. Ana, víctima colateral de la obsesión ciclística del marido, algo sabía, así que animó también a que nos acercáramos. Ellos, claro, no tenían mucha idea de quién era el personaje. 

—Él es Nino Schurter, el mejor ciclista de montaña del mundo. No hay nadie mejor que él ni ha habido. El mejor de todos los tiempos ¿Quieren saludarle? —les dije.

Mi hija, otra afectada colateral, dijo vamos. Mi hijo, en cambio, negó con la cabeza. No acepté ese no.

Le sujeté de la mano y esperamos a que Nino se desocupara de algunas entrevistas. 

Cuando al fin se disponía a irse, tomado de la mano de su hija (que en un mundo imaginario incluso pensé que se podría hacer amiga de la mía), caminando a paso rápido seguramente para que nadie más lo molestara, yo, como buen grupie, caminé más rápido y le grité: ¡Hey, Nino! Él pareció no oír. Quizá a propósito, porque, qué pesado debe ser que la gente se te acerque así por así, pensando que tiene algún derecho sobre ti. Sin embargo, era el maldito GOAT, así que insistí de nuevo y esta vez se detuvo. 

Ya me había tomado una foto con él horas atrás, cuando recogí el kit de la carrera. Incluso tuve un espacio para conversar y preguntarle si estaba listo para The Hills. Y él me respondió que sí, pero que no había entrenado tanto. Era su primera carrera desde que se retiró del ciclismo profesional. En Instagram mostraba imágenes de sus piernas sin rasurarse, de la presencia de leche materna en sus noches para su bebé recién nacido. Yo, iluso, atrevido, torpe, pensando quizás que sería gracioso, le dije que trataría de pegarme a su llanta en la carrera, y él, claro, creyó que hablaba en serio, se rio y me dijo que igual, por más que estuviera fuera de forma, esperaba darlo todo. 

Logré detenerlo para tomarnos una foto familiar junto a él. En la noche, en el hotel, con los nervios de la carrera ya vibrantes, mientras organizaba mi equipo para el día siguiente, mi hijo comenzó a saltar de cama en cama, se reía mientras decía soy el niño Schurter.

Solo un día más

Me miré en el espejo y noté que el párpado inferior izquierdo, además de hinchado, aparecía por adentro una línea, como una vena blanquecina que bajaba hacia el interior. No quería alarmarme, pero el dolor comenzaba a ganarme. Me tomé una foto y le subí a Chat Gpt. Me respondió que eso debía ser un orzuelo interno o un chalazión. 

—Está horrible —dijo Ana cuando le mostré.

Ya iba dos días con el punto que iba creciendo cada vez más. 

Durante la noche, cuando llegamos al hotel de Susegana, le dije a Ana que llamáramos al tío oftalmólogo. Era un chalazión. Nos envió un protocolo de cuidado donde explicaba que, si no se reventaba por sí solo, quizás habría que realizar una punción. ¿Dónde diablos iba hacerme una punción en ese diminuto pueblo de Italia?

La carrera comenzaría en un día y medio y no sabía si podría competir. Pedí hielo al mesero. Presioné la compresa contra el ojo y en menos de cinco minutos cuando la separé para acomodarme me di cuenta de que veía borroso. 

Armé la bicicleta esa noche en la habitación del hotel. Al día siguiente, 24 horas antes de la carrera, quise abrir el ojo, pero estaba totalmente pegado y sellado. Me limpié todo lo que pude, salí a probar la bici y los caminos. 

Estaba helado. No había sol. La tos de hace dos semanas me volvió. El ojo dolía en cada hueco. Latía. Además, se sumó una molestia en la garganta. 

Me había preparado para ese día desde hace más de tres meses. La carrera comenzaría en menos de 24 horas, y sentía que mi cuerpo se quejaba. Se rebelaba. Me decía algo que yo no me negaba a escuchar. Yo le respondí: Yo sé. Estás reventado. Como el ojo. Pero solo te pido un día más y luego lo que quieras, te enfermas, lo que sea, pero no hoy ni mañana. 

La Partida

En la edición del año anterior, vi en videos que llovió todo el recorrido y todos terminaron enlodados hasta un nivel casi cómico. Mis esposa e hijos se rieron cuando les mostré esas imágenes. Te jodiste, dijo Ana.

Una vez en el punto de partida, aunque hacía frío, salió el sol y me animé a sacarme la chompa y el chaleco. Sí, estaba con chaleco y con chompa. Los guardé en el bolsillo de la espalda. Primero en el derecho. Luego me arrepentí y lo pasé al del medio. Luego volví al derecho. Otra vez al centro. Quería dejarlos ahí tirados. Pero Ana seguía en el hotel con mis hijos. Me irían a ver después en algún punto de la carrera de los que les mostré la noche anterior. Yo no estaba nervioso. No me temblaban las piernas. No me parecían profesionales cada uno de los ciclistas que se paraban a mi lado con sus bicis de llantas más delgadas que las mías, con sus genotipos amenazantes, con los bolsillos de los jersey sin bultos de chompas, sin chalecos. 

Mi ojo parecía haberse desinflamado, aunque el párpado seguía abultado y de color oscuro. Y aunque me ardía la garganta igual que cuando me dio un virus semanas atrás, decidí obviar todo eso y concentrarme en lo que se vendría. Era una preparación de meses, de aprender a montar la bici de gravel y probar finalmente de qué se trataba el mentado gravel europeo. Por primera vez corría en el exterior sin amigos. No había a quien darle una palmada. A quien decirle buena suerte. Darle la mano. Era un completo desconocido, contra todos. 

Con el coach hablamos de estrategias la tarde anterior. Quedamos en lo siguiente: pegarse al pelotón delantero durante la primera zona. Aguantarles el ritmo en esas primeras subidas por más que sintiera que estuviera sobre mis límites. Todo para llegar a la planicie metido en un grupo rápido durante esos casi veinte kilómetros de llano. Luego, en las colinas, aguantar, comer bien, y tratar de mantener la posición.

Pero la realidad fue otra. La partida me tomó por sorpresa. No el anuncio. Sino la fuerza. Sentía que mi ventaja de vivir en la altura de Quito no servía de nada. Nadie iba con mesura, al contrario, parecían poner toda la carne al asador desde el segundo inicial. Y aunque hice todo lo posible para alcanzar a los primeros del corral, no lo logré. Rebasé a algunos. Subestimé la cantidad de ciclistas. Luego me rebasaron. Luego ya no supe dónde estaba. Dudé de la estrategia. Cada que podía, rebasaba. No me guardaba nada.  

En el primer sendero de bajada, decenas de termos volaron por los costados, una lluvia de botellas que caían y rodaban por el piso. Una ventaja para mí, si es que lograba mantener las propias. Por eso las protegí. Me dije, también, que esa sería mi primera oportunidad de rebasar en serio. Accioné el botón para bajar la altura del asiento y me atreví a salirme del sendero para pasar por un costado. Pero adelante había más, muchos más. Entré a un plano y a unos doscientos metros adelante vi la punta del pelotón. Ahí debía estar. Pero todo era extraño. En la siguiente cuesta, por más que rebasaba, otros también me pasaban a mí. Había demasiados corredores delante y detrás.

El Espejismo

Las colinas del prosecco, al noreste italiano, son unos caparazones de césped crecidos entre las planicies y las dolomitas. Sobre esas colinas suben y bajan unos caminitos de lastre y cemento que conectan viñedos. Y en esos caminos, desde hace tres horas, más de ochocientos ciclistas luchan por ganar un puesto (o no perderlo) en la carrera de gravel de 124 km y 2400 de desnivel positivo llamada The Hills. 

Entre ellos voy yo, que, mareado por tanta curva y pasadizo de bosque, ribera y parra, creo que tendré una posibilidad de hacer un buen papel. Mientras bajo una de las lomas a cincuenta kilómetros por hora, sintiendo la vibración de cada piedrita y hueco en las manos cansadas, hago cálculos rápidos de mi situación: a pesar de que no pude partir en primera línea como habría querido, he logrado rebasar a decenas de competidores, y eso es lo que me anima a pensar en un buen resultado. También reconozco que he hecho las cosas bien. El ritmo ha sido fuerte, pero he podido soportarlo.   

 No quiero pensar en posiciones, no quiero ilusionarme. Aunque no puedo negar que el nivel de los participantes es altísimo, y que todavía debe faltar, por lo menos, la mitad de la carrera.

Días atrás estudié la pista en Google Earth y la dividí en cinco secciones: las fincas del este, la planicie al lado del río, las lomas, la planicie de regreso, de nuevo las fincas del este, y la llegada.

No he visto el ciclocomputador. Nada de datos. Solo sensaciones. Sé que estoy en las lomas, por supuesto. No sé cuántas he subido de las diez que se dibujaban en la altimetría, pero presiento que debemos estar terminando. Quizás ya lo hice. Eso me anima a seguir, a pedalear un poco más fuerte. 

En el kilómetro ochenta me siento bien y decido atacar. Es una subida larga, la más larga de la carrera. Paso a uno a dos, a diez. Es una sensación genial. Quizás torpe, pero genial. Digo torpe porque cuando termina todavía faltan más de dos horas de carrera y la energía se me escapa de las manos como arena. Parece que me gasté las vidas antes de hora. Simon & Garfunkel. Hello darkness my old friend…Paso de atacar a ser atacado. De competir a sobrevivir. 

Cuando cruzo la meta a las cinco horas veinte minutos de carrera, enseguida me entero de que estoy en puesto 179 en la general de 658 que terminan la carrera y 60 en mi categoría de 297. Me dieron, como diría el Pepe, sopa y seco. 

El Gravel Viene

Durante varias horas pensé que estaba corriendo bien. Y quizás lo estaba. El problema era otro: allá, correr bien no alcanza. Allá, todos corren bien. Y algunos corren como si cinco horas fueran apenas una extensión larga de una salida de XCO.

En el Gravel Fest edición Morlaca (127km 2800mts), mi primera carrera en bici de gravel, se dio una salida controlada. El pelotón delantero contuvo la explosividad y fue subiendo de a poco. Me pareció muy decente y lógico para una carrera que duraría más de cinco horas.

En The Hills, la partida fue atronadora. Me acordé de las salidas de XCO. Eso me generó dudas. ¿Cuánto tiempo se puede soportar un ritmo así? ¿Debería bajar un poco? ¿Es posible mantener un ritmo así de fuerte durante tanto tiempo? 

Yo creo que sí. Es más, creo que debemos mentalizarnos a que las carreras deberían ser así. Al menos si queremos subir el nivel en general. Para eso, por supuesto, debemos prepararnos, conocernos y confiar en nuestras capacidades. 

No es un trabajo de un par de meses. Creo que son años de acostumbrar al cuerpo y de aprender a conocernos. También de chequeos médicos que validen que sí podemos hacerlo. 

La parte física juega un papel importante, pero, como ya se sabe, la mental más. Pero es una combinación, le damos al cuerpo lo que necesita (carbohidratos + electrolitos) y trabajamos los pensamientos para soportar la exigencia.

Pensé en una entrevista de Kate Courtney, después de su victoria en Leadville 100. Decía que su estrategia había sido saberse capaz de rendir al cien por ciento durante siete horas. No administrar demasiado. No sobrevivir desde el inicio. Competir de verdad durante todo el tiempo posible. Esa idea, que suena brutal, empezó a hacerme sentido en Italia ¿Hasta cuánto podemos tolerar el sufrimiento?

Por otro lado, decimos que nuestros caminos no son aptos para el gravel. Eso, tengo que decir, es falso. En la sierra ecuatoriana, en la costa, en el oriente, podemos hacer gravel rápido y fluido. Con su tropicalización, es cierto, pero tan divertido y único como los europeos. 

Nos duelen los brazos, las manos, el traqueteo es demasiado fuerte. Somos campeones para encontrar excusas, para pensar que los demás tienen mejores condiciones que nosotros. 

Hasta que alguien demuestra lo contrario. Hasta que, de pronto, damos que hablar en la escena mundial. 

En Ecuador podemos ser los mejores del mundo en gravel también. Pero es otra disciplina. Súper divertida. Hay mucho que aprender y trabajar. Hay muchas pistas y caminos que explorar. Lo que está faltando es la mentalidad, la capacidad de creer. Y de subirnos al tren ahora que está pasando por nuestras narices. 

Queramos o no, el gravel es la nueva fiebre del ciclismo. El calendario mundial UCI, además de las decenas de válidas dentro de Europa y Estados Unidos, ya está incluyendo opciones en México, Colombia, Chile, Argentina. 

¿Y Ecuador? ¿Por qué no?

Hay otro calendario paralelo, no federado, el Gravel Earth Series, que también incluye decenas de válidas a nivel mundial.  The Hills es parte de este campeonato. Los cupos se repletan. Llegan ruteros, pero también montañeros. Es un mix.

En The Hills terminé con ampollas en las manos, dolor de muñecas, de espalda baja. Pasamos por senderos llenos de piedras sueltas. Bajadas empinadas de tierra resbalosa. Hubo traqueteo fuerte. Velocidades altísimas. Zonas trabadas. Asfalto bueno. Asfalto roto. Cemento. Lodo. Lastre. Piedras. Cruce de ríos. Competidores con llantas pinchadas en todo lado. Lluvias de termos cayéndose de las bicis por tanto sacudón. Nino Schurter, al terminar la carrera, dijo que le dolían las manos, los brazos, la espalda. Dijo que habría sido bueno una suspensión. 

A la semana siguiente, estaba compitiendo otra. Y otra. El niño Schurter. Y eso habla mucho: el gravel no viene. Ya llegó. 


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