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El Brevet de la Culebra 2026

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Casi al final, en el km 160, entré en la quietud sofocante de la mítica cuesta de culebrillas. Iba más de la mitad de los 14 kilómetros de esa cuesta que parecía emanar de una caldera al rojo vivo. Mientras luchaba contra los espasmos de los calambres, por primera vez en varios años me pregunté si mi cuerpo me permitiría terminar.

Las sensaciones se volvieron tan extrañas que a pesar de los 36 grados centígrados, en lugar de calor, sentía escalofríos. El temido golpe de calor. El cerebro priorizando la energía en bajar la temperatura corporal. La barriga dejando de procesar el alimento. Los músculos apagados deliberadamente. El rostro sin color.  Solo quedaron los pensamientos, las palabras, lo que uno se dice. Y yo me decía que no debía parar mientras me daba golpes o pedaleaba con más fuerza cuando asomaban los espasmos.

En el km 166, como un espejismo se dibujó el fin de la subida, el abasto. Una de las organizadoras creyó que mi decadencia era fruto de un estado de meditación, de experiencia, de sabiduría o algo así. Llega como si nada, comentó. Estaba en la lona, era la realidad. Entonces me dieron una mandarina, y esa mandarina marcó una señal. Pasó jugosa por la boca. Refrescante. Si fuera cursi podría decir que estalló con dulzura. Era la reavivación, míster.

Últimos 35 km. En la bajada a San Antonio de Pichincha, Franklin Revelo del equipo Shimano, proveniente de Ibarra, de 23 años, relegado de su equipo y al no disponer de GPS, optó por pegarse a mí. Al comienzo iba callado. Se notaba que también luchaba con sus propios límites. A la altura de la mitad del mundo, cuando me volvió un nuevo espasmo en la parte interior de la pierna, Franklin aprovechó mi acto de manotazos para comentar con un marcado acento del norte que eso ya no era salud. Y luego preguntó: ¿Oiga, por qué será que nos gusta maltratarnos así, ¿no?.

Yo ya había caído en las salvajadas de los de Bike Packing Ecuador en el Gravel Fest de Cayambe y de Cuenca. Pero el Brevet de la Culebra iba un poco más allá:  era mi primera carrera en bici de ruta. Y no era cualquier carrera: doscientos kilómetros, cuatro mil metros de desnivel, autoabastecida, sin señalización, con tráfico abierto. Un trayecto con alma de clásica: Quito – Quinche- Cayambe- Malchinguí- Culebrillas-Quito.

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Además, el Co de la Torre y el Pepe Cornejo anunciaron su participación. Tenían expectativas de que me juntara a sus ritmos de campeones nacionales máster de ruta. A la vez, se mostraban nerviosos porque el Felipe Borja, el organizador, anunció que en esta edición no estarían solos, sino que vendrían unos invitados, los del Team Shimano.

Yo, por supuesto, pasé la semana angustiado, por no decir con miedo. Tuve sueños. Pesadillas. Aparecía en la partida sin haberme cambiado de ropa, sin comida ni termos ni casco y todos se iban sin mí. Luego me robaban en una calle. Tuve que hablar por teléfono con el Pablo Vallejo, mi entrenador. Escribí las razones de porqué sí podría hacerlo. Recordé el gusto por rodar, la belleza del sentido de la aventura, la velocidad, el movimiento. Tenía la fuerza física y mental para lograrlo, además, lo más probable, era que lo haría bien. Y eso era mi mayor motivación: saberme fuerte.

El viernes, la noche anterior, me despedí a las nueve de una reunión de primos, justo cuando empezaba a ponerse divertido ¡200km! Los más sinceros incluso hicieron gesto de asco ¡Siete horas! No tiene sentido. Ya no es normal. Eso ya no es… salud, más bien fúmate un tabaco, mismo daño te ha de hacer.

Cuando me desperté solo en casa a las 5 am, aún de noche, evité pensar mucho, ya que a esas horas suelen aparecer ideas oscuras de cobardía. Así que, como una máquina, seguí los pasos automáticos del proceso de vestimenta, desayuno, y empaque. Minutos después, aún sin sol, partimos 180 ciclistas avezados por la avenida Simón Bolivar hacia Tumbaco.

Todo estuvo bajo control durante la primera hora. Una apretadita por aquí y por allá, pero en general ritmo controlado. Rodaban entre nosotros el Chiri, el Sebas D., el Papo, el Rami, y varios panas más. En un arrebato, me entraron ganas de ir delante y lo hice. Lanzado y hecho el chévere, tiré del grupo por unos segundos hasta que el Co se puso al lado para decirme, más por buena gente y experimentado que por cualquier otra cosa, que muy simpático mi intento de liderar, que si es alhaja estar un rato ahí, que tiene su mérito, pero que mejor volviera nomás al grupo si quería llegar vivo. Y bastó que dijera eso, para que en la intersección de Cusubamba arrancara la subida hacia el mirador de Otón y los del Team Shimano lanzaran el primer ataque real del día. Era de esperarse, ya me habían advertido que justo ahí se pondría divertido.

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Sin tiempo para ver atrás, me pegué al pelotón de punta. Quería estar con ellos. Era mi objetivo. El pelotón ascendió con furia y yo me envalentoné. Miré delante al Co y al Pepe que también, valga redundar, se envalentonaron. A los pocos minutos se desplegó un descanso. Tuve la esperanza de que el ritmo bajaría. Pero no. En la siguiente pendiente, con los camiones, los buses y las camionetas que pasaban a toda madre por un lado, el grupo pisó con más fuerza los pedales. Sostuve. Sostuve. Mi respiración comenzó a retumbar en el pecho. Se volvió un ahogo. Saliva atrancada. Pecho ardiendo. Dale loco, me dije a mí mismo. Y luego pensé en que faltaban como 140km más de carrera. Y que quizás ese ritmo no era mi 100%, sino mi 140%. Me acordé de las consecuencias de no medir las consecuencias. Y en un microsegundo se abrió medio metro de separación, luego un metro. No más, grité en silencio. Pero la grieta se expandió con pedantería, y a pesar de la intención y las ganas, el lote se marchó. Y así, antes de las nueve de la mañana, remordido, inauguré el limbo de los descolgados. Ni fu, ni fa. Ni chicha, ni limonada. Volteé a ver, no apareció nadie. El limbo, Chivito, la eterna soledad. Las espaldas del Co y el Pepe se alejaron, diciéndome adiós muchacho, toma tu sopa y seco. Yo dije, loco, acepta, esta es tu realidad. Cualquier ciclista inteligente habría reconocido que más valía aguantar pelotón de segunda que dar inútil cacería a los primeros. Pero uno es necio.

Unos quince minutos después, agitado y con el pulso pasado de tono, antes de llegar a Cayambe, ya pensando que quizás si debí esperar, como una bendición, cayó el segundo pelotón: Alejo Terán, Max Gómez, Galo Tamayo, y alguien más. Un alivio. “Me pego a su rueda un rato”, les dije. Me subí al tren. Pero el tren también estaba en la lucha y se fue diluyendo, hasta que llegamos a Cayambe menos de cinco. Y para nuestra sorpresa, en la travesía hacia Tabacundo, de repente vimos a pocos metros delante al Co y el Pepe y a todos los del Team Shimano. Reconocí que me habían sacado la madre, y que era evidente de que les habíamos alcanzado por algún motivo relacionado a una frenada de su parte, pero al ponerme a su lado, presa de la ilusión, no me aguanté las ganas, y para amenizar un poco la fiesta, inspirado en un sticker de Whatsapp, les dije: “ustedes si mucho ring ring y poco helado”.

No se rieron.

Traveseamos juntos la transitada sección desde Tabacundo hasta el desvío a Tocachi. Y en la cuesta hacia Tocachi, terco como las cabras, decidí ver si esta vez sí podía aguantar el ritmo. Volví al limbo, claro. Sin embargo, para mi buena fortuna, unos metros más adelante encontré a todos detenidos. Rellenaban líquidos, comían, orinaban. El Co, bandido, se había ido solo.  La tercera botella, pensé. Era su estrategia, tener una tercera botella en el bolsillo para adelantarse cuando todos los pros frenaran (que llevaban solo dos). El Pepe, en cambio, sí que frenó también. Buena gente el Pepe. Para que no me separara de nuevo de los primeros, que ya estaban por partir, porque ya sonaban los zapatos enganchando pedales, decidió ayudarme. Podría decir, con decencia y educación, que puso una media fruta en mi bolsillo, por no sonar grotesco, digo. Pero en honor a la verdad, diré las cosas como son: el Pepe me metió medio plátano en el bolsillo de atrás. Luego me dijo, vamos, apura para que no te quedes. Sin embargo, se presentó un ligero problema, no con el plátano, sino con mi estrategia.

Había decidido llevar dos fundas adicionales con 100 gramos de carbohidrato dentro de los bolsillos. Era el momento de usar la primera, pero cuando la quise sacar noté polvo meloso en mis dedos. Extraje la funda y una nube blanca se extendió por el aire, cayó en mi manubrio, en mis manos, en el cuadro de la Lab71 aniñadísima. Logré salvar una parte. Limpié lo que pude. Todo estaba pegajoso. Y cuando volví a la realidad, el grupo se había ido otra vez. Apareció, sin embargo, un miembro del Team Shimano que seguramente tenía vejiga tímida y dije esta es mi oportunidad. Me pegué a su rueda y me llevó hasta el grupo de punta. Pero fue tan grande el esfuerzo que cuando finalmente llegamos yo ya estaba muy cansado y todos andaban como locos, entonces volví a la soledad. Esta vez nadie me alcanzó. Me acordé de las palabras del Pablo quien me dijo que al final del brevet algunos empezarían a quedarse y me esperancé en eso. Aunque tal vez el quedado era yo. Sin embargo, me sentía fuerte y con ánimos. No tanto para aguantar el ritmo de punta, pero sí para avanzar con decencia. Me dije también que al menos ya disponía de dos botellas llenas de carbohidratos, lo que me daría suficiente alimento y líquido para llegar a culebrillas y subir hasta el final, sin parar. Y sí, un medio plátano.

En los adoquines saca calzas de Malchinguí bajé saltando rompe velocidades y silbando duro para que carros, perros y personas notaran mi presencia. Alcancé Jerusalem. Bajé por el cañón del Guayllabamba entre vientos cruzados. Antes de Puéllaro, en una cuesta hirviendo de 5 kilómetros, bebí el último sorbo de la primera botella y decidí cambiarla por la llena. Hice el gesto para el intercambio. Pero…no había segunda botella. Había desaparecido. Se me había caído en algún lado. Los adoquines de Malchinguí, pensé. Calma, calma. Faltaban un par de kilómetros para Puéllaro. Sin dejar de pedalear extraje dos dólares de un bolsillo. En el pueblo me detuve en un supermercado. Compré dos litros de agua. Vertí la segunda funda de carbohidratos en la caramañola vacía. Bebí el resto. Y la segunda, al no calzar en el portacaramañolas, la abrí y la usé para mojarme piernas, cuello, cabeza, cara, espalda. En pocos minutos comenzaría el clímax de la carrera: culebrillas.

Al cruzar el puente, después del último gel de cafeína del día que me supo al Tempra de la infancia, llamó Ana. Me emocioné al mirar su nombre en la pantalla. Te estoy viendo, me dijo, ya veo que vas a empezar culebrillas, estás volando, dale con todo. Y esas palabras, sumadas a los 60 miligramos de cafeína que ya corrían por mis venas, me hizo pensar que ese era mi momento. La hora del ataque. La culebra era mía. Empezó la cuenta. 1km. 2km… Me encontré con un abasto inesperado del Sebas Muñoz. Me regaló algo de fruta y agarré un bloque de hielo que lo froté por mis piernas, por mi espalda baja, y luego lo coloqué dentro de mi camiseta a la altura de la nuca. Alivió un rato, pero enseguida volví al calor. Y en el kilómetro 6 o 7, el mentado ataque se hizo polvo. Comencé a padecer. A sentir que la barriga no funcionaba. A percibir el exceso de luz como un intento de ceguera. Una moto se detuvo a mi lado. El piloto me quedó viendo. Al Co no le coges, me dijo, al Pepé tal vez, si es que pedaleas más fuerte. ¿Eres tú, José?, le pregunté confundido por el calor y la cara achatada entre las esponjas del casco. El asintió. Era el José María Ponce, buen amigo del deporte. Había aparecido en su moto a dar aliento en plena subida de culebrillas. Dale tú puedes, dijo. Luego aceleró y se fue. Yo habría querido acelerar también.  

Así que una media hora después, ahí estábamos, enfrentando los últimos kilómetros en compañía de Franklin que se cuestionaba por qué nos gustaba sufrir así. La famosa pregunta. Cuántas veces me pregunté eso. Pero desde hace años que ya no lo hacía. Por más que padeciera, la pregunta ya no cabía. Hacía tiempo que había decidido disfrutar, incluso del agotamiento. Y a la final de eso se trataba todo, disfrutar y pasarla bien.  Desear que terminara la carrera, eso sí era otra cosa. Y en ese segundo quería con todo mi ser ver ese bendito letrero de la tienda 700 o la escultura del Ciclista. Visualicé la avenida Galo Plaza, la 6 de diciembre. Las saboreé.

Es que somos necios, le dije.

En la avenida Simón Bolívar trescientos carros circulaban al lado y el sol en su punto más caliente. Me hice a un lado para que Franklin pasara. El pobre trató unos segundos de liderar, pero enseguida flaqueó y volvió a mi rueda.  Ya esto es está demás, comentó, y luego preguntó si faltaban muchas subidas. Unos pocos repechos le contesté. La gran mentira, ironizó él.

El próximo destino, me dije, sería la cuesta de Carretas. No la conocía, pero habían advertido que, aunque corta, sería tenaz. A esa hora la temperatura se había elevado a 40 grados Celsius según los datos del Garmin. Al menos no se sentía tanto como en culebrillas. Mi bici, mi Cannondale, melosa todavía, parecía flotar sobre el pavimento. Como ya era costumbre, había elegido no mirar datos durante toda la carrera. Solamente percepción de esfuerzo. Debíamos ir unas seis horas y media cuando Carretas se levantó como un muro burlón de casi 20% de pendiente. Como una risa maldita. La subida de Carretas eran los organizadores, Felipe Borja y el Mateo Ponce, ahogados a carcajadas.  Apareció el esténcil amarillo de Brevet La Culebra pintado en el asfalto justo en la parte más empinada. Ni los carros tienen fuerza para subir esto, atinó a decir Franklin.  Para ese minuto le había cogido cariño al jovenazo de Ibarra. De alguna forma su compañía me había sacado de la letanía y ahora alegraba esos últimos kilómetros. Me sentí responsable de conducirle seguro hacia la meta. Vamos, le dije, valientes, carajo.  Era una cuestión de soportar la recta final. La travesía por la Galo Plaza, luego la 6 de diciembre, la Granados, saludo al Ciclista y listos.

En la meta, el Co y el Pepe y los de Shimano ya se comían un choripán. El Felipe Borja se me acercó y me dijo, estás tercero de tu categoría. Y yo me reí. No me la esperaba. El Co, ya cambiado de ropa, como es él, me dijo, te pensé: qué duro habrá sido para ti que no eres rutero. Por no decir, para ti que no eres… ¿bueno? Ya verás, Co. En los senderos, al menos, ya verás…o en otra carrera de ruta, o de gravel, o de enduro, o de montaña. Todos sabemos que fue la tercera botella.


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