Día uno. 105 km.
El abuelo desaparece. No sé si sigue vivo.
Las fuerzas de la física buscan mi destrucción. La gravedad. La pendiente. El viento. La falta de oxígeno. Pero también los pensamientos, sobre todo los pensamientos. Largas horas contra esas corrientes. Los conatos de calambre en los cuádriceps advierten que el desgaste es importante, pero sé que hay más para dar. Entonces, en el kilómetro ochenta y cinco, en la subida de regreso desde Zuleta hacia Paquiestancia, arriesgo un aumento de presión en los pedales. Existe una buena probabilidad de que, al terminar esta primera etapa, me encuentre con el mensaje de mi mamá diciendo que ya sucedió, que el abuelo se fue.

Lo visitamos con mi esposa y mis hijos semanas atrás y ya casi no habló, solo hizo unos ruiditos aprobatorios, alegres, con la garganta, mientras terminaba de tomar la sopa. Mi hija, algo incómoda pero aceptando con dulzura la situación de enfrentarse a una persona mayor, le escribió en un pizarrón portátil (porque ya no oía casi nada), que nuestro perro se llama Milo. Él leyó y asintió con una sonrisa tierna. Luego nos fijamos en las fotos a blanco y negro que colgaban en la pared y jugamos a adivinar cuál de los retratos de esas niñas era mi mamá. No, ella es la tía Luli, respondía yo. Tampoco, ella es la tía Tachi. La tía Mariafer… Mamá quiso explicar al abuelo lo que hacíamos, pero él ya se había quedado dormido sentado con una galleta de coco a medio terminar.
Si hurgamos en la genética, podría decir que soy deportista gracias a aquel viejito, encogido, delgado, pero aún con su sonrisa abrazadora, a quien ese día, previo a la carrera, lo veíamos apagarse de a poco. Resulta, sobre todo, una deducción por descarte: el deporte siempre fue inusual en el lado de mi padre, pero lo más normal en el de mi madre. No solo nos atraía a primos, primas, tías, sino que además se nos daba bien. Desde siempre, lográbamos resistir y destacarnos. Parecía que el abuelo nos había heredado algún gen que corría en nuestro ADN y que nos volvía, como se suele decir, unos angos.
Es el gen Hernández, pienso en ese instante de la carrera. Y ahora, su fuente, el origen, a unos cien kilómetros dentro de una suite de la ciudad, se está extinguiendo. Desaparece. Me paro en los pedales, aprieto las manos contra el manillar y muevo de un lado a otro la bicicleta para escalar más rápido. Trato de respirar profundo. Que se inflen los pulmones. Que baje el pulso. Tengo una buena ventaja, incluso, confío, me esperanzo, puedo estar ante la posibilidad de un podio. Tan pronto me adentro en esos pensamientos, mi oído distingue un sonido, el ruido de una llanta contra el asfalto, una respiración cadenciosa y el característico siseo de una cadena de bici. Regreso a ver y un ciclista de casco rosado, con barba y arete en la nariz se sitúa a mi espalda. No me da tiempo de asimilar. Creía que iba solo, con buena ventaja, ahora me rebasa sin consuelo y, al sobreponerse, parece que se roba lo que me queda de energía. Cuelgo la cabeza en los hombros. Los brazos se aflojan. La velocidad disminuye.
Unos meses atrás leí la descripción del Gravel Fest 2025. Tres días de pedaleo, distancias diarias tan largas como una Cape Epic, caminos rápidos, expuestos, abiertos; lo contrario a lo que considero mi fuerte: lo técnico, los senderos estrechos, las raíces, los obstáculos que obligan a improvisar sobre la marcha. Daban la opción de correr en bicis de gravel o de montaña y, para completar la ruta, los participantes debían descargar a ciclocomputadores unos mapas trazados por la organización y registrar el recorrido en la aplicación Strava para demostrar el cumplimiento. Tenía pinta más de aventura que de carrera, y eso me gustó. Aunque en un inicio dudé qué tan eficiente sería mi robusta bici de montaña doble suspensión de down country, contra la agilidad y rigidez de las graveleras.

A pesar de esas dudas, me sentí fuerte y con capacidad de enfrentarme al reto. Por alguna razón me correspondía vivirlo. Me preparé todo lo que pude con entrenamientos y dietas. Y la tarde anterior, ya en Cayambe, donde se desarrollaría la carrera, curiosamente, ¿una coincidencia? ¿un juego?, el mensaje de mi mamá diciendo que el abuelo había entrado en agonía.
La noticia llegó a través de un mensaje de texto, y temí que el desenlace sucedería minutos o pocas horas después, como suele pasar tras noticias similares. De ser así, cancelaría todo y volvería a la capital. Sin embargo, pasó la noche, amaneció nublado, me vestí con recelo, repasé la ruta mientras desayunaba avena con panela. Luego me dirigí junto a dos amigos al sitio de partida y, hasta poco antes de dar inicio, ningún mensaje de mamá en el grupo familiar.
Partimos.

****
—Un agua de un litro, por favor —digo en la puerta de una tienda, con tono apurado, observando a una niña que se incorpora con lentitud.
El cronómetro marca cuatro horas de competencia. Por más que faltan escasos diez kilómetros para la meta, la parada es necesaria pues presiento la delgada línea en que la deshidratación sería irremediable. Si ya tienes sed, es muy tarde. Es el kilómetro noventa a una altura de 3.200 msnm, en las inmediaciones de Olmedo y Pesillo, bajo las faldas del volcán Cayambe, que a esa hora luce nublado. La niña me entrega el agua con movimientos aletargados. Aprovecho para destapar la caramañola. La relleno enseguida y compruebo que me sobra un cuarto del litro que esparzo en mis muslos y espalda mientras vuelvo a los movimientos de piernas. El golpe de frío en el cuerpo refresca y alivia la fatiga. Resurgen las ideas y la fuerza, a pesar de que a mis espaldas diviso un nuevo punto lejano con forma de ciclista que comienza a acercarse.
En la suite del abuelo cuelgan los retratos de dos mujeres, una junto a la otra. La abuela falleció hace veinte años y la abuelastra hace seis meses. Antes de mudarse a este sitio del valle de Tumbaco, la foto de la abuela (sonrisa de labios cerrados acompañada por unos ojos pícaros), se situó, durante casi quince años, solitaria, en una mesita de la casa de Chavica, la abuelastra. Esta era una casa lejana, con escaza luz y con olor a humedad, que contenía una especie de invernadero plagado de bulliciosos canarios a un costado. La propiedad, por ser de la familia de Chavica, después del matrimonio, nos privó enseguida de la cercanía y acogimiento que ofrecen naturalmente las casas de los abuelos.
Antes de eso, vivía con la abuela en la luminosa y cálida quinta de las faldas del Ilaló. Y antes de esta quinta, mi madre y sus nueve hermanos y hermanas se criaron en la casa enorme y llena de recovecos de La Mariscal, en la calle Pinto, donde el abuelo nos solía sacar al patio trasero para menguar el bullicio y las travesuras de los nietos, quienes, desde pequeños, demostrábamos una hiperactividad peligrosa.
En esa casa había un pasillo largo de madera, con el dormitorio de los abuelos al final. Entre los primos, sobre todo con el Manuel y el Felipe, abríamos una lata de galletas de uno de los cajones y sacábamos los soldados de plástico y los regábamos en el suelo para jugar a las guerras. Otras veces, nos retábamos a hacer carreras con los osos grizzly con ruedas por todo el pasillo. Frenábamos a raya milímetros antes de que las gradas descendieran a la planta baja, gradas que en otras ocasiones, dañando cierres de bolsas de dormir y cojines, usábamos de tobogán. Por eso el abuelo nos mandaba afuera, donde escalábamos las paredes o el árbol de las pepas rojas mientras Copper ladraba sin poder seguirnos.

El pastor alemán se llamaba como el cobre, seguramente inspirado en el oficio de ingeniero químico del abuelo, ese extravagante título obtenido en la Universidad de California, durante la posguerra, cuando Robert Oppenheimer dictaba clases en la misma universidad y comenzaba a fraguarse el Proyecto Manhattan. Con Copper a su lado, el abrigo largo bajando por la espalda, los anteojos de montura gruesa, su pelo rizado entrecano parado hacia atrás, sentado en la biblioteca de tratados de elementos y materias químicas, o en la sala del piano con candelabros sobrepuestos, o incluso conduciendo su Land Cruiser del 75 de tres puertas color verde, el abuelo recreaba la atmósfera de algún personaje misterioso, como un espía de la guerra fría.
Cuando arrendaron la casa de la Pinto y se mudaron al valle, todos los lunes, durante un par de años, el abuelo nos recogió del colegio a mis hermanos y a mí. Llegaba siempre puntual, incluso algunos minutos antes de que sonara el timbre. Se parqueaba en el primer puesto del establecimiento para que no fuéramos a pasar por alto su presencia y, de pie en la puerta principal, desde lejos, saludaba para que lo viéramos. Luego nos conducía a su casa donde almorzábamos y, al terminar, yo aprovechaba para hacer una siesta. Él solía ingresar al cuarto de huéspedes de la casa de Tumbaco en silencio y me cobijaba. Luego, a las cuatro y media de la tarde, volvía y con su voz suave me despertaba porque ya era hora de ir a clases de Confirmación. Conducía en silencio hasta el Parque de Cumbayá y ahí nos dejaba.
Cuando la abuela murió, él tenía ochenta y dos años. En ese entonces ya vivían en la casa del Ilaló. Las tías organizaron horarios para que no estuviera solo ni una noche. Nietos y nietas, tías y tíos, nos turnábamos para dormir en su casa. El pobre seguramente aborreció el despliegue de movimiento y la repentina invasión de privacidad. Pasado el luto, se excusó para ir a un retiro espiritual, y ahí, entre las ancianitas solteras, reconoció a Chavica, una antigua amiga de la juventud, viuda hacía algún tiempo, que se escapaba de vez en cuando para encenderse un cigarrillo sin que los clérigos la vieran. Vente Negrito, le ha de haber dicho, vente acompáñame.
Se volvió a casar a los ochenta y seis. El abuelo entonces pidió que le dejaran trabajar de nuevo en la fábrica de oxígeno de su familia, porque, según él, se enfrentaba a una nueva etapa de vida en la que debía ser responsable con el hogar, proveer, demostrar que podía. En la boda me senté con los primos Manu y Feli, con quienes, por ser de mí misma edad, guardaba más afinidad. Ellos, a quienes siempre admiré por su capacidad física y su tolerancia al riesgo, fueron los que me habían motivado a emprender aventuras que superaban mis propios límites: acampadas al intemperie en los árboles cuando éramos niños, ascensiones a montañas sobre los cinco mil metros, saltos gigantes en bicicleta, carreras a toda velocidad en caminos cercanos (siempre me ganaban), viajes hasta el Carchi en baldes de camionetas a los catorce años.

Cuando se casó el abuelo, el Feli ya había sido campeón nacional de ciclismo de montaña en algunas ocasiones y ya era un representante del mountain bike nacional. Soñaba en competir en las olimpiadas. Manu, con un alma más aventurera y nómada, además de tocar en una banda de rock, había viajado por las montañas del mundo, se había dado backflips en su bici y estaba obstinado en cómo diseñar mejores saltos, peraltes y pistas en el patio trasero de la casa de sus padres. Luego, varios años más tarde, en los bosques al sur del Cotopaxi, Manu se encerraría en solitario, durante un par de meses, a diseñar el sueño de unas pistas profesionales de ciclismo.

****
El segundo ciclista que me alcanza es el Kno Veintimilla, uno de los grandes representantes del ciclismo de montaña del país.
—Vamos —propone mientras me pasa— alcancémosle. Adelante, a menos de un kilómetro, divisamos al de casco rosado.
Me sitúo tras su llanta y logro sostener el incremento de fuerza. El ciclista se sorprende cuando lo alcanzamos, y enseguida saca a relucir la potencia que todavía le queda para juntarse al tren que hemos formado. Faltan unos siete kilómetros para llegar. La velocidad no deja espacio para el respiro. Se forman repechos en la recién asfaltada vía Olmedo-Ayora. Son cortos pero intensos, de los que revientan las piernas. Sin saberlo, los tres somos de la misma categoría y, en ese preciso instante, estamos por definir el segundo y tercer puesto. Al kilómetro noventa y nueve, tras un leve descenso, me engaño con la idea de que solo quedará una bajada hasta la meta, pero detrás de una esquina se levantan dos subidas adicionales. Nos paramos en los pedales una vez más, pero a medio camino, el ardor en las piernas es demasiado intenso, una succión de materia que parece vaciar y carcomer los músculos.

Pierdo el podio de la primera etapa ante Patsi Cuzco, Kno Veintimilla y Sebastián Domínguez, de quien me entero de su existencia y nombre ese mismo rato. Apenas puedo, enciendo la pantalla del celular. Una parte de mí se alivia con la idea de tener que volver a Quito con una excusa tan contundente como la despedida de un abuelo y así no tener que enfrentar los doscientos kilómetros restantes de los siguientes dos días. Otra, la dominante, quiere seguir intentándolo y ruega que el abuelo no se haya ido aún. No hay ninguna novedad en el chat familiar.
—¿Cómo te fue? —escribe esa tarde Pablo Vallejo, mi entrenador.
—Sacado la madre —le respondo— 158 pulsaciones de promedio durante cuatro horas y media. Creo que demasiado excedido.
—Mañana ten la seguridad de que puedes darle duro otra vez. Come bien y descansa. Vas a ver.
Ese mensaje, en lugar de tranquilidad, produce miedo, porque significa otra vez ir al límite.
Día 2. 102 km
Se forma un enjambre de unos diez ciclistas, entre ellos Xavi Chiriboga, Sebastián Domínguez, Xavier Martínez, Stefano Vaca, Luis Flores y un par más. Para mi sorpresa, Kno no está. ¿Se quedó? Adelante se alejan unos cuatro ciclistas más, entre ellos, Byron Guamá, su pupilo (y yerno) Luis Javier Monteros y Patsi Cuzco. Patsi, afirma su liderazgo en la categoría. El día anterior nos sacó algunos minutos de ventaja. Su performance es admirable.
Ascendemos a las planicies de Pesillo y nos dirigimos hacia las estribaciones orientales del monte Cusín, donde se junta con el volcán Imbabura a través de quebradas y mesetas por donde tendremos que transitar antiguos caminos de cabras hasta descender a San Antonio de Ibarra. Luego, un larguísimo ascenso de regreso. Visualizo cada curva, cada subida y cada desvío que nos espera. El ritmo es fuerte, quizás demasiado fuerte.
Al salir de la primera quebrada, recuerdo un desvío sumamente expuesto que está por llegar después de una bajada de piedra que invita a soltar el freno y rozar los sesenta kilómetros por hora. La travesía por las faldas del Imbabura se configura por un sendero húmedo y plagado de subidas y bajadas de césped mojado, es decir, pedal pesado. Al costado izquierdo, por un breve instante se ve el Lago San Pablo, enorme, imponente. Mi cabeza reconoce que es un lindo paisaje, aunque la sensación de cansancio no me permite el disfrute relajado de una buena vista.
Kno, de pronto, en una tenaz demostración de fuerza, aparece de la nada, me rebasa y me deja atrás. Lo mismo sucede con Vaca. Para ese día, ya tengo identificados a mis competidores directos: Kno, Domínguez, Cuzco. Según mis cálculos, voy tercero, pues Domínguez, hasta lo que sé, no me ha rebasado.
En una bajada, que más parece una cascada de lodo, el ciclocomputador comienza a pitar. Un pitido de alerta, de advertencia por haberme salido de la ruta. Me pasé unos metros y ahora debo escalar de regreso. Finalmente concluye la zona de lodo y pasto, y se abre una sección de adoquín y asfalto. Largos kilómetros en dirección a San Antonio de Ibarra. Sostengo fuerza y velocidad decente, pero en pocos minutos un competidor se pone delante y me dice vamos. Sin duda, a ese tren no lo dejo ir. Me pego a su llanta y planeamos todo lo que una persona es capaz de planear. Cuarenta, cincuenta kilómetros por hora, rozamos los sesenta. Llegamos a San Antonio de Ibarra donde arranca la gran cuesta de regreso.
Los músculos de la mandíbula se tensan. Abro la boca grande. Respiro. Ingiero el tercer gel del día. Me lanzo agua en el cuello. Abro una barra de granola. El sol irrumpe con fuerza contra los brazos, el cuello, las piernas. Y entonces, medio kilómetro arriba, visualizo la camiseta verde de Kno. Compruebo, además, que atrás, con el amenazante casco rosado, Domínguez ha iniciado su cacería en mi contra.
Bajo la cabeza porque ya cansa también andar así, solo viendo hacia adelante o atrás. Me paro en los pedales, porque ya cansa andar solo sentado. Siento que estoy recortando distancia. ¿Acaso será cierto o es una simple ilusión? En La Esperanza de Ibarra, sin embargo, me uno a Kno. Me sitúo a su lado. Concentración. Cansancio. No hablamos. Se escuchan las respiraciones. Sé que es fuerte y que quizás se está guardando para atacar como ayer. Faltan unos veinte kilómetros aún. La cosa se pone seria, mis piernas responden.
Después de un instante, otro competidor asoma en mi campo de visión. Tengo la convicción de que puedo también contra él. Cuando lo tengo a pocos metros, él parece despertar de algún trance y no permite que me acerque más. Pero no importa. Sirve de señuelo. Pasamos por Zuleta otra vez. Arrancan los diez kilómetros para la meta. Comienza a llover. El viento es helado. El agua se me mete por las medias. Me paro en los pedales y exijo a las piernas. Navego en posición aerodinámica los últimos kilómetros, hasta que miro a lo lejos y ahí está la meta. Asciendo a segundo lugar en mi categoría con una ventaja de cinco minutos versus el tercero. Pregunto a mi mamá por el abuelo: la situación es la misma.
***

A mediados de junio del 2018 le escribí al Feli contando que me iba a correr la BCBR en Canadá. Entonces me invitó a pedalear para ofrecerme algunos consejos. Nos encontramos a las seis de la mañana en el kilómetro cinco del Chaquiñán y me dijo, entre risas, que me notaba muy agitado para el poco esfuerzo de ese momento. Luego, más serio, sugirió que fuera a disfrutar de la experiencia y vivirla al máximo.
Durante esa carrera en las costas canadienses, la cual fue mi primera experiencia de ciclismo internacional, el Feli me escribió a alentar y a decir que lo estaba haciendo muy bien. Un par de días después, cuando concluyó el desafío y estaba listo para volver y compartirle la extenuante aventura a mi primo, abrí un chat de amigos ciclistas y me encontré con la noticia de que, después de un entrenamiento preparatorio para el sueño de las olimpiadas, había sido impactado de frente y con una fuerza impresionante por un carro que invadió vía. Su pronóstico de supervivencia era reservado.
Una de las tías me pidió después que mejor dejara la bici y me dedicara a otro deporte. Le respondí que eso no era posible. La bici estaba tan arraigada dentro de mí que solo pensar en no volver a montar me provocaba una amargura mayor y más dañina que el propio riesgo.
Desde antes de los diez años ya se me había metido el gusto por el ciclismo. Mi papá me llevaba a competir en el Parque Metropolitano. Al principio ganaba en mi bici sin marchas. Luego, cuando me regaló una marca Huffy de un color fosforescente, bellísima, con marchas, con aro 24 pero con el peso de un yunque, perdí todas las carreras. Una vez, recuerdo, llegué en último lugar. Se me salieron las lágrimas e hice todo lo posible por esconderlas. Otra vez, en la Vuelta a Pichincha, llegué y ya todo el mundo se había ido, solo quedaba mi papá y un miembro de la organización preocupado porque no asomaba.
Y sin embargo, luego me volvía a subir a la bici y volvía a divertirme como loco, a buscar saltos, taludes, pasos técnicos, a subir al Pasochoa. Antes de cualquier podio o desempeño, estaba la diversión, la aventura, la libertad, la emoción de moverte cada vez más rápido con tu propia fuerza. Por eso, a los más de treinta y cinco, pensar en dejar la bici era casi como una mutilación. Mi mamá, en cambio, sabia y consoladora, tras el accidente del Feli, nunca pidió que dejara el ciclismo, pero sí pedía y pide una sola cosa: que antes de salir a pedalear rece siempre al Ángel de la Guarda.
Día 3. 112km
Hay días en que te levantas cansado porque has tenido una semana difícil, porque has trasnochado, porque te fuiste de fiesta. La siguiente mañana es normal percibir malestar, cansancio, adormecimiento, ganas de dormir más. Mantenerse en pie es cansado. Como si de pronto tu cuerpo cargara el doble de peso: el dolor de la gravedad.
Así estamos la mayoría después de dos días del Gravel Fest 2025. A las seis de la mañana suena el despertador y soy consciente de que en una hora tendré que subirme otra vez a la bici y pedalear por casi cinco horas a ritmo de carrera.
No hay forma fácil de decirlo, ni de maquillarlo. Dejas de hacer caso a los pensamientos y te limitas a obligar al cuerpo a presentarte, a seguir, aunque todo dentro de ti diga lo contrario.
La clave de este día, le digo a mi concuñado que se está estrenando en un desafío de esa magnitud, es no quedarse solo en los casi cincuenta kilómetros de plano que arrancarán en el kilómetro diez. Y es verdad. Será una etapa de 112 km mayormente plana, donde regirá el trabajo de pelotón. El reto, sin embargo, conlleva dos subidas empinadas y amenazantes previas al plano.
En la partida, el número de participantes ha disminuido. Se notan las miradas cansadas, aunque la camaradería hace que surjan risas y algunos chistes, como que en ese punto a uno le tiemblan las piernas, no de frío, sino del miedo.
Santiago Córdoba, dueño de la Minis Farm, da el disparo de partida. Subimos a la comuna San Francisco, sector cuatro esquinas, y luego descendemos hacia Santa Clara, donde mi esposa, hijos, suegros y amigos nos hacen barra con gritos y ovaciones alentadoras. Sin embargo, enseguida se despliega la temida subida antes del plano. La visualizo, dos curvas, piedras sueltas, una rampa larga y derecha, luego un par de quiebres más, un reservorio a un costado, unos eucaliptos al filo del camino, la inclinación precipitada de piedras y, al final, donde unos perros siempre ladran, loma arriba, el trazado del canal de agua de San Marcos-Malchinguí.
En el primer pelotón se sostienen Domínguez, Kno, Chiriboga, Guamá, Monteros, Casares y Vaca. A los pocos metros sucede lo indeseable. Las piernas no responden. El grupo empuja con más fuerza. Miro cómo se descuelgan. Me quedo solo. Los mantengo en mi campo de visión, pero la brecha es cada vez mayor. Son unos pocos metros, unos veinte quizás, un espacio tan corto, pero a la vez tan difícil de cerrar. Quisiera gozar de la fuerza para mover esos pedales durante unos treinta segundos y sumarme a ellos. Un impulso, un pique, sería suficiente, pero estoy en el límite. Alcanzan el canal sin mí y dan marcha inmediata al segmento más rápido y aerodinámico del Gravel Fest. Me quedo solo.

Cuando el abuelo se enteró del accidente del Feli, me contaron que no dijo nada, permaneció sentado en silencio y luego quiso rezar por él. No sé si quizás no supo bien del impacto real de aquello, pero fue como si tuviera una coraza interior que le protegiera contra las tragedias. Quizás eran los noventa y cinco años de vida donde ya nada le sorprendía. Había enterrado a su primer amor, a sus mejores amigos, a un yerno, tenía a un hijo internado en una clínica por una enfermedad mental, una sobrina con una condición similar y él seguía enfocado en aferrarse a las cosas positivas de la vida, como desempolvar un violín para ensayar de nuevo unas melodías, o solicitar una laptop para aprender a enviar correspondencia a sus nietas que vivían en el extranjero, o recortar artículos de temas de nuestro interés, como por ejemplo, para mí, el ciclismo. Como si deliberadamente, entre todas las desgracias, eligiera seguir viviendo y enfocarse en todo lo bueno.
Mi mente da un giro. La carrera da un cambio. Todo lo que debía impedir que pase ha sucedido. Miro atrás para comprobar si alguien me sigue. De ser el caso, aguardaría para trabajar en conjunto los kilómetros venideros, pero no hay nadie atrás. Tampoco voy a detenerme, pienso. Quizás suceda algo inesperado y recorte el espacio con los fugados. Los fugados, vaya término.
Bajo la cabeza, me inclino hacia delante, doblo los codos contra el dorso hasta adoptar una posición aerodinámica. Acciono una marcha más fuerte, la última, y arranco a enfrentar la resistencia del aire contra mi cuerpo que busca atravesarlo. El aire como una niebla densa, pesada, que genera un rugido de fricción en los oídos, en el casco, en las manos, en las llantas.
Después de 75 km de luchar pedal a pedal por alcanzar a los del primer pelotón, me desmorono en las llanuras de Malchinguí, un paraje de minas y de una pampa arenosa con el sol que golpea en la espalda. La energía se me ha escapado.
De nuevo vuelve mi abuelo a la mente, pero además ahora aparece mi pa. Desde hace cuánto que le invoco a mi pa en la bici, pienso, y calculo que los recuerdos se remontan mucho antes que su partida. De niño, por ejemplo, me regaló ese casco junto al número impreso en vinilo para una carrera en Ibarra, y habrá sido a mis ocho o nueve años, que, con filmadora en mano, él corría sin aliento a mi lado mientras trataba de seguirme por la pista, y aunque no atinaba a enfocarme, en la grabación quedaron registrados los gritos de emoción que surgían de su pecho, como si yo estaría a punto de ganar el Tour de Francia o el Campeonato Mundial.
En los momentos más hondos, que son varios cuando uno decide ir al máximo, suelen volver a mí los pensamientos profundos, la religión, Dios, mi pa, mis hijos, mi esposa, mis hermanos, mi ma, los amigos, todo lo que he sido y también lo que no. Pero sobre todo, mi pa. Ahora que han pasado ocho años de su muerte, siento que es como traerle de algún lugar lejano o levantarlo de una larga siesta y a veces me río imaginando que me dice: ya pues, guambrito, déjame estar en paz, ya estás grandecito para seguirme llamando cada vez que te cansas.
Regreso a ver, nadie. Nadie. Nunca llegó ningún pelotón, nunca alcancé ningún pelotón.
El abuelo también podría acompañarme en estos momentos, pienso. Si ya se fue, lo invito a que se sume en mi mente y viva conmigo estos instantes únicos y de paso, que eche también una manito. El gen Hernández, ¿dónde está? Entonces recuerdo algo que mencionó una de las tías al respecto: el abuelo odiaba hacer deporte, no disfrutaba de la montaña ni del frío ni de asuntos atléticos. Lo más cercano a una actividad física que a él le gustaba era ir a la playa y sentarse relajado, pero nada de trotes ni caminatas. No entiendo por qué había olvidado un detalle tan importante. La que amaba la naturaleza, la vida al aire libre, las caminatas, era la abuela.

Cuando Chavica murió, finalmente y porque no le quedó otro remedio, pues al parecer ya no tenía nada que hacer en la oscuridad y humedad de esa casa de los pájaros (aunque la última vez que fui todos los canarios habían desaparecido), el abuelo aceptó bajar a la suite donde la luz y la calidez ingresaban con generosidad por los ventanales y el aire se sentía liviano. Un espacio lleno de vida, donde ahora, probablemente ya había descansado.
Concluido el Gravel Fest, el siguiente día, lunes, después de almorzar, decido visitar al abuelo. Lo encuentro acostado en su cama, está dormido, se lo ve incómodo, se queja, tose. Le pongo una mano en la cabeza y le digo, tranquilo, tranquilo. Luego me siento a esperar en la salita donde cuelgan los retratos de sus diez hijas e hijos. La medicación que le acaban de suministrar debería hacer efecto, dice una tía. Pasan unos minutos y en realidad parece que se tranquiliza. Mi mamá me cuenta que el oxígeno es lo que le mantiene vivo. ¿Y cuánto tiempo puede durar así?, le pregunto. Me responde que no saben, hasta que su cuerpo tolere, supone.
La puerta de la suite se abre. Es el Feli, su mamá y una de sus hermanas. Son ellas las que en una obra noble se han encargado del primo, de su cuidado, se han convertido en su voz. El Feli entra empujado en su silla por la hermana hasta la sala. Su mamá le pregunta si quiere quitarse el saco porque hace calor. Él dice que sí. Le toco el hombro y le digo, que más Feli. Se queda un instante en silencio.
—Chivowski —dice reconociendo enseguida mi voz y buscando con su mano la mía que sigue apoyada en su hombro— Qué más primo ¿cómo vas?
Logramos atinar el saludo.
—Bien —le respondo— ¿y tú?
—Bien también— dice.
—Te veo excelente— le digo.
—Gracias, primo —concluye. Conversamos de la carrera. Él dice que no se acuerda del Gravel Fest. Luego me dice que está de salir a pedalear algún rato. Yo le contesto, con el estómago recogido y siguiéndole la corriente, que sí, que cuando él quiera.

En eso llama una prima desde el extranjero. Ella es enfermera de ancianos y ha ayudado con algunos consejos para el cuidado del abuelo. Mi tía le muestra, a través de video, cómo está. Camina por su habitación con el celular en la mano y se acerca a él. Revisan en conjunto el oxígeno, la posición, las almohadas. Se acerca un poco más.
—Algo pasa —dice la tía con una nota de llanto en su voz.
Mi mamá se incorpora de un salto.
—¡Pa! —exclama y sale corriendo hacia el cuarto.
Un escalofrío recorre mi espalda.
Setenta y cinco kilómetros de soledad, de los cuales más de treinta son planos. No es una sensación placentera cuando alguien te alcanza en carrera, pero en esa ocasión el debate interno entre no dejar cogerse o esperar da cabida a esperar. En la siguiente subida escucho su respiración detrás. Es el Munchmeyer.
—Vengo una hora tratando de alcanzarte —me dice— me he pegado tres geles en la última hora.
Trato de reírme pero solo sale un ruido lamentable.
El Munchmeyer extrae una funda de agua de las que repartían en el abasto, rompe una esquina de un mordisco y, como si fuera un ritual, tipo una persignación, se va lanzando chorritos en la espalda, en la cabeza, en las piernas, en el cuello. Una hora después, intercambiando la punta, llegamos a la meta. Como se esperaría, luego de 320 km durante tres días, me siento agotado, pero feliz de haber completado el reto. Pierdo el podio por varios minutos, pero la satisfacción de la experiencia es mayor.
La atmósfera entonces retorna a la normalidad. La gravedad toma de nuevo dimensiones comunes, habituales. El portal a ese universo paralelo que se vive durante desafíos complejos se cierra. Los niños juegan con los animales en la Minis Farm. Una orden de empanadas de queso sale del horno. Unos perros corretean con su dueño. En uno de los baños, un grifo de agua se ha quedado abierto.



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