Gus y Reyes lideran la posición entre todos los ecuatorianos.
Además luchan el top 10 de su categoría. Su grupo de partida es el A, sin duda, uno de los más rápidos de la carrera después de los profesionales.
A las 7 de la mañana, contra todo pronóstico, Reyes sale pálido de la enfermería y se sitúa en el pelotón junto a Gus.
Los vemos partir a toda marcha.
Aunque recortada, aquella no deja de ser la etapa reina.
El día anterior, mientras esperábamos el transporte, un personaje local señaló en el horizonte la montaña que debíamos coronar. Un pico alto y escalofriante.
La organización recortó quince kilómetros de travesías intermedias, pero la parte más dura decidieron mantenerla que es justo esa montaña y un mítico sendero llamado Cliffhanger, cuya reputación hierve en la cabeza de todos los competidores. La organización, meses antes de la carrera se encargó de mostrar unos impactantes vídeos aéreos de las zetas de subida, y luego de bajada, las mismas que rompían conceptos de lo posible.
Partimos aquella mañana con la esperanza de ir de menos a más.
El malhumor intensificado por la fatiga, nos trae silenciosos y sin poder entrar en un ritmo sostenido.
La gente nos rebasa nuevamente.
En medio de una de las primeras cuestas, una larga y empinada, trato de motivar a Nacho para que aumentemos la velocidad.
Me responde que esa es la potencia que él podrá sostener para poder terminar la etapa.
Le sugiero que no vea la pantalla del ciclomputador, porque en ese estado los datos suelen ser perjudiciales para el desempeño.
Me responde que se siente más seguro así.
Me coloco detrás de su rueda y me adapto al ritmo.
Es en ese momento, casi al final de esa larga cuesta, cuando Martín Dalmau y Andy Barriga, aparecen por primera vez durante la carrera.
Martín, silencioso, me hace saltar del susto con un pellizco en la espalda.
Sonríe de oreja a oreja.
Sonríe porque sabe que esa rebasada es un momento importante. No puedo evitar reírme también y sacudir la mano de arriba abajo en señal de importancia.
Nacho no los ha visto aún.
Andy, va un poco más serio, quizás también luchando con sus propios monstruos.
Y entonces nos rebasan.
Nacho desesperado trata de pegarse a ellos, lo cuál no es prudente, considerando que recién empieza la etapa, y que hace pocos minutos se mostraba realmente cansado y bajo de energías.
Tranquilo, le digo, no pasa nada, déjales que se vayan, no pasa nada.
La subida termina y se perfila el primer sendero largo de bajada cuando Nacho, de repente, decide atacar.
Incrédulo, mirando desde atrás su decisión, me sumo al ataque.
Entro primero al sendero y aceleramos al máximo.
Para mi sorpresa, Nacho no se despega de mi rueda.
No entiendo lo que sucede. De hecho, llego a pensar que ese arrebato pronto cesará, como un pico de azúcar.
Sin embargo, no caduca.
Quizás es la suma de las conversaciones de días anteriores entre los amigos, de asimilar la teoría de la mente, de preguntar cómo lo hacen, cómo se soporta esos cansancios, y escuchar que solamente hay que confiar en uno, ver para adelante y meterle más fuerza a los pedales, o quizás de verle a Reyes subirse a la bicicleta en una condición de salud muy complicada, o los vídeos de análisis de los profesionales con datos de potencia y frecuencia cardíaca promedio inconcebibles.
Sea lo que sea, Nacho está imparable. Ha decidido colocarse el cuchillo entre los dientes.
Soltamos los frenos y levantamos una polvareda para quienes van detrás.
En las cuestas, rebasamos más competidores.
Las travesías, con una o dos marchas más duras.
Las piernas, lloran por clemencia. Los brazos piden ir más despacio. La espalda y la rodilla incomodan. Las manos duelen de tanto impacto. El sol otra vez encima de las coronillas, inclemente. Geles, uno tras otro.
Las horas pasan, y arranca la cuesta hacia el Cliff Hanger, un sendero rápido en medio de unos bosques de pinos.
Entre las copas de los árboles vemos el pico de la montaña donde debemos llegar, tan lejos que parece un error.
Se oye el helicóptero a unos pocos metros, lo que significa que el camino de bajada debe estar cerca, y que los profesionales están terminando de bajar, o sea, que nos falta por lo menos una hora más de cuesta.
Ese tipo de información, es dura de aceptar. Una hora más de subida.
Nacho sigue con fuerza, sostiene el ritmo.
Cuando el sendero nos bota a un camino abierto, el calor me golpea con una intensidad avasalladora, y de pronto, siento que todo eso es demasiado fuerte.
Me pregunto si acaso me llegó la hora de fundir máquina.
Debe faltar la mitad de la subida, y lo único que quiero es bajarme de la bicicleta y sentarme en alguna sombra a recobrar el aliento. Lo voy a hacer. Pero entonces veo a Nacho al lado, como una máquina de vapor, enfocado, Gandalf Barba Blanca en todo su potencial.
Cierro los ojos, bajo la cabeza y me obligo a seguir. Una pedaleada a la vez, me repito.
En una curva, cuando los límites parecen agotarse, aparece el punto de abasto.
Vierto una jarra de agua con hielos en mi cara y en mi espalda, y es como volver a nacer.
Andy y Martín, aparecen detrás, justo cuando volvemos a partir.
Llevo la mochila cargada de hielos. A través de la manguera rocío mis piernas y eso renueva mi fuerza.
El camino vuelve adentrarse en el bosque, la subida continúa, curva tras curva, cientos de ellas, hasta que el bosque termina de nuevo y surcamos el costado de una loma que de pronto deja ver Wellington abajo, y para el postre del día, arriba, bien arriba todavía, el macizo de roca con un hilo de ciclistas que escalan la parte final.
Quince minutos después, somos nosotros los que estamos en ese hilo de subida y abajo la fila de cientos de ciclistas que seguramente nos observan palideciendo por lo que les depara.
El famoso descenso, empinado, entre grandes cuerpos de roca, curva tras curva, en zig zag, mejor no ver abajo porque es un precipicio, y una pequeña distracción podría ser fatal.
Nacho baja primero, y delante nuestro, una pareja mixta de españoles, quienes ponen el ritmo de una forma impresionante. Son los terceros en el ranking de la categoría mixta, los que luchan por el puesto con Ana Isabel y Feli.
La chica va primera, a toda marcha, anticipa a voz en cuello las curvas, obstáculos. Unos veinticinco minutos sin parar de bajar. Los brazos, las pantorrillas, la espalda, con ganas de explotar.
Y luego los respectivos letreros de 15km, 10km, 5km, 2km, y la línea de meta.
La etapa reina termina con 5H27 min de carrera.
Estoy sorprendido con el repentino arranque de Nacho.
Me confiesa que fue el encuentro con Martín y Andy lo que lo hizo recapacitar.
Minutos después llegan ellos a la meta. ¿Qué tal ese encuentro?, me pregunta Martín de nuevo con la sonrisa de picardía. Nos reímos. El Nacho se picó de repente y volaron, dice el Andy.
Todavía faltan tres días más de carrera, 70km, 87km, 67km.
Encontramos a Gus en el campamento, ya bañado.
Reyes logró terminar la etapa, ahora duerme en el hotel y trata de recuperarse. Gus relata que fue un día difícil, que Reyes tuvo sensación de claustrofobia, además de arcadas y escalofríos toda la etapa, sin poder comer ni un gel.
¡Qué cabeza que tiene!, dice Gus.
Tantas veces hemos hablado del tema mental, pero nunca pude entender bien de qué mismo se trataba hasta hoy, confiesa después Nacho.


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