8. Cape Epic: Cambios de planes

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Para ese día, en lugar de carpa, hemos reservado un cuarto de Airbnb en la casa de una familia de la población de Wellington, (al norte de Cape Town) lugar donde se ubica el segundo campamento de la jornada.

Terminamos de comer el lunch provisto por la organización, y con la zozobra que habita en los músculos de las piernas nos dirigimos bajo el sol de las dos de la tarde, entre la amplitud del campamento, hacia el sector de los contenedores donde se situan las maletas. Las retiramos y tiramos con molestia el peso de ellas hacia la salida, que resulta estar lejana, a un medio kilómetro de pasto y tierra; y luego, en la calle, nos percatamos que no hay taxis, ni Ubers.

No existe manera de movilizarnos, pues estamos en un sitio todavía remoto. En un costado de la calle divisamos una cafetería, con una sombra donde nos sentamos silenciosos. Reyes y Gus no han tienen hotel, pero dadas las condiciones, la incomodidad y la necesidad urgente de un sitio más decente a pasar la noche, ruegan a Andy y Dalmau que les hagan un espacio en el suyo. Así sea en el piso, dicen. Los administradores del hotel han confirmado por mensaje que podrán acomodarlos.  De la cafetería donde nos encontramos sale un mesero y se apiada de nosotros. Nos ayuda a contactar a un chofer de confianza, quien confirma que nos recogerá en los próximos minutos.

Una hora más tarde, la van nos deja a Nacho y a mí en la dirección de nuestro Airbnb, y los demás continúan el trayecto hacia el hotel.

La casa donde dormiremos resulta algo extraña, por no decir más. Los dueños, sin embargo, son una pareja agradable, Rodrik y Elsibie. Nos instalan en una tipo suite ubicada bajo la casa, que da hacia un patio con una piscina helada llena de hojas.

Rodrik, dueño de la casa se ofrece de voluntario para llevarnos de regreso al campamento para la cena y masajes. También nos conduce a un supermercado comprar agua y en una farmacia, colirio para la resequedad de los ojos por tanto polvo.

Para ese instante cada uno tiene su rutina post carrera, yo consumo electrolitos, un regulador de acidez para el ph del estómago, unos 10ml de simeticona, y desde ese día que me ha empezado a doler el estómago por haber tomado demasiada pastillas anticalambres, un zurcal en la mañana.

Durante la tarde, llegan dos buenas noticias, la primera que nos han bajado al grupo de partida D, lo que es positivo porque podremos manejar mejor el ritmo inicial junto a ellos.

La segunda consiste en un mensaje de texto donde se indica que debido a la ola de calor, y por seguridad, la etapa reina del siguiente día le acortarán quince kilómetros y 500 metros de ascenso. Es decir que pasaría de ser de 88km a 73 km, y de 3000 metros de ascenso a 2500 metros de ascenso.

El grupo de amigos, escriben a decir que saldrían a cenar algo para celebrar un hecho tan formidable.

Por logística, a nosotros se nos complica acompañarlos.

Todo parece apuntar a una gran noche: un buen baño, una ducha cómoda, la suavidad y tibieza de un colchón.

La realidad, sin embargo es distinta. Con tanta planta alrededor, los zancudos abundan y nos atacan sin piedad, complicando la posibilidad de un sueño reparador. Pero además del zumbido y el picor de los insectos, algo más se apropia del subconsciente. Como cuando se sabe que algo importante está por suceder el siguiente día, algo que por más que uno quiera evitarlo, la propia cabeza no te deja, pues sabe que se viene algo duro, lo más duro de la semana, la etapa reina, el cortisol presente; y a las cinco de la mañana nos despertamos como si no hubiéramos dormido nada, con un cansancio pesado, demoledor, acribillante… en esos momentos comprendo que en lo personal, lo más difícil de ser ciclista, es despertarse temprano regularmente.

 Sin embargo, ahí estamos,  movimiento por aquí por allá dentro de la suite, camas destendidas, frascos abiertos, comentarios sueltos, mosquitos malditos, llenemos termos, ocho medidas de carbohidrato, sacudir para se que mezcle bien, luego la mayor cantidad de electrolitos en la mochila de la espalda, dos barras de granola, seis geles, unas gomitas, bloqueador en piernas, brazos, cuello, cara (ahora sí evitando la frente para que luego no se mezcle con el sudor y te deje ciego durante algún momento de la etapa del día), pastillas para la barriga. Hay que escarbar el positivismo donde se pueda, repetirse a uno mismo que esto es lo que uno ama hacer, dar unos saltitos amistosos, ver el reloj, las cinco y veinte. El campamento de la carrera a unos tres kilómetros, ¿Listo Nacho? Vamos, salgamos. Ajustamos los broches de los zapatos, las gafas en el casco, los guantes, todavía es de noche, pedaleamos en silencio por una calle asfaltada y solitaria, únicamente con los faroles encendidos que se proyectan hacia el fondo, con el frío de la madrugada que en un par de horas se convertirá en calor intenso.

Llegamos cuarto para las seis de la mañana al desayuno en el campamento: plato de avena lleno hasta el tope, pan con miel o chocolate o pancakes, un par de pedazos de sandía, dos tazas de café, una botella de agua.

Nos encontramos de nuevo con los amigos. Nos llama la atención que Reyes está pálido, con la cabeza gacha y sin poder probar bocado de su desayuno.

Algo me pasó con la cena de ayer, dice, algo me sentó mal.

Luego del desayuno, se va al hospital móvil de la organización.

En ese estado, es difícil que complete la carrera.


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