7. Cape Epic: Una salvada

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Qué tan difícil sería un rescate en estos sitios, el largo trecho para salir de aquí en camilla, el botón de pánico, la imagen de las rodillas heridas, el mal camino, los raspones en todo el cuerpo,  y ojalá que los huesos completos.

Tengo erizada la piel.

No entiendo qué pasó.

¿Por qué perdí el equilibrio de esa manera?

Un par de horas antes:

Es el día cuatro. Partimos y dejamos que el grupo B se aleje para esperar a los del C que salen cinco minutos después.

Lo que no contemplamos es que los primeros diez kilómetros son planos, una zona de asfalto con viento en contra.

Regresamos a ver, y no hay señales del grupo C, mientras el B ya es inalcanzable.

Nos toca enfrentarnos a ese segmento solos, sin ayuda para combatir la resistencia del viento.

La ruta nos llevará desde el campamento de Saronsberg hasta el campamento de Wellington.

Serán 94 km con 2100 metros de ascenso.

La fatiga se siente en la cabeza, en los pensamientos.

Nacho parece más cansado de lo habitual, como si el bajón energético de ayer volvería a presentarse.

Cuando termina el plano y arranca una travesía, finalmente nos alcanzan los del grupo C, pero no solo aparecen, sino que nos rebasan.

Trato de pegarme.

Se nos van.

En una de las quebradas, otra vez rocosas, sueltas, de complicado pedal, la velocidad cae casi a cero, se eterniza, hasta que minutos después se forma una planicie entre dos laderas, con un bosque de arena blanca a los pies. Es un paisaje extraordinario, aunque en ese momento, por la fatiga, apenas lo notamos.

En eso nos rebasan Juan y Lucas Almeida de Cuenca, quienes nos invitan a pegarnos a su rueda.

También se nos van.

Cuando salimos de esa ensenada, inicia un descenso dentro de un camino ancho plagado de grietas y piedras del tamaño de granadas.

Una delgada huella está dibujada en medio.

Es ahí que mis pensamientos, sin darme cuenta, se desplazan sin rumbo a algún lugar del subconsciente.

Y mientras esto sucede, de pronto me encuentro inclinándome hacia la derecha, perdiendo la estabilidad y la huella, y me obligo a esquivar y saltar las piedras, y a pocos centímetros, se abre una tenebrosa grieta.

No puedo caerme, pienso.

Desabrocho el pie derecho y logro dar una pisada contra el suelo con fuerza de patada, y eso me restablece levemente, pero no lo suficiente.

Desciendo de golpe a la grieta, y la bici, por fortuna, se asienta perpendicular sobre las dos ruedas.

Intento frenar con suficiente tino para no bloquear las llantas.

La velocidad aún me puede destrozar.

Unos metros más adelante veo una garganta oscura a mi espera.

Vuelvo a dar otra patada contra el suelo, esta vez tan fuerte que me cimbra la cabeza, y en cuestión de microsegundos, milagrosos, sin saber exactamente cómo, me reincorporo a la huella y al tren de ciclistas.

Me pregunto qué pasó. ¿Por qué perdí el equilibrio?

Me percato de algo, mi energía está tan baja que ando como adormecido.

Tengo que despertar, me digo.

Al final de la bajada, cuando el camino se vuelve generoso de nuevo, en medio de un sol que se enciende otra vez como radiador, Nacho se pone a mi lado.

Casi te matas, me dice.

Una cosa parece cierta: nuestros espíritus se han ido debilitando a medida que avanzamos.

Trato de marcar un ritmo decente, pero mi velocidad da lástima.

Nos pegamos a la rueda de un equipo mixto de Estados Unidos y despegamos. Pulsaciones más altas. Potencia más alta. El golpe del viento refrescante en la cara. El ansiado despertar.

Diez minutos después, se despliega la subida en un encañonado, donde se leen letreros de precaución por presencia de leopardos.

Los americanos disminuyen la velocidad.

Decidimos probar suerte. Veo que el Nacho se pega a mi rueda en silencio. Cuando me paro en los pedales, continúa al lado, y de nuevo, sin sospechar, los números de carrera llegan.

Ahí van los del triple pulmón, comentan unos colombianos.

Coronamos a un ritmo excelente.

En el abasto, nos mojamos la cabeza y rellenamos botellas.

Al rato estamos otra vez lidiando contra un sendero empinado, duro, caliente.

Nacho se queja contra los organizadores, no concibe que a esas alturas de la competencia hayan decidido poner una cuesta tan difícil. Es evidente que su lucha mental ha comenzado de nuevo.

Una hora más tarde, inicia un sendero con señalética de pista de cross country olímpico, y el sendero desciende a una quebrada donde está el primer letrero que anuncia 15 km más para la llegada.

El sol resulta insoportable, de nuevo más de cuarenta grados centígrados, y la cuesta es un pico que parece ascender desde el propio infierno. El sudor cae por la frente, se mete en los ojos hasta el ardor.

Media hora después, con 5hr30 de carrera, cruzamos la meta sofocados.

Aceptamos un vaso de coca cola helada, y enseguida vamos a comer dentro de una gran carpa.

Al conversar con los demás amigos que ya han llegado, comprobamos que algunos de ellos nos han sacado más de cuarenta minutos de ventaja.

Veo a Nacho cuestionarse.

Cómo hacen, cómo es posible que alcancen velocidades así a esas alturas de la carrera, pregunta.

Todos le responden que es un tema mental.

Y Nachito medita sobre esa información.

El físico, el dolor de piernas, de rodillas, de espalda, ya no importan. Todo el peso de la gravedad pasa a un segundo plano.

Intenta asimilar la realidad de esa teoría, pero enseguida la agenda de la carrera se interpone con temor: el siguiente día es la etapa reina.

Una etapa que después de lo que hemos vivido se proyecta inconcebible por el calor y por el desnivel de 3000 metros de subida y sus 88km de recorrido.


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