Con el título de este capítulo la organización presenta la etapa final del Cape Epic 2024. Conquista lo indomable.
Así sea gateando, pero llego, escribe Nacho a los amigos en un grupo de Whatsapp luego de contarles sobre su caída.
Terminada la etapa del día anterior se acercó al hospital móvil, donde le dijeron que para revisarlo debía estar cambiado de ropa.
La tarde aprovechó para descansar, darse una tina fría, acostarse, recuperar energía y mentalizar el último esfuerzo.
Dijo que estaba mejor, por lo que finalmente optó por no acudir al hospital.
Sin embargo, cojeaba, se llevaba la mano a la cadera, y a la espalda.
Todos confiamos que se trataría de un buen golpe, y que el día siguiente despertaría con mejor semblante.
Y es así.
En la mañana, antes de partir, dice que se siente mucho mejor.
Vamos con todo, me dice.
Nos subimos a las bicicletas, y en silencio arrancamos la última etapa del Cape Epic, 67km y 2000 metros de subida acumulada.
De inicio marcamos un ritmo fuerte. Para ese momento, yo solo pienso en la meta, en terminar la carrera lo más pronto posible. Nos metemos en un pelotón que pedalea con exigencia.
La etapa consiste en tres subidas largas de senderos, luego una travesía, luego dos subidas largas adicionales, un par de bajadas y listo.
Después de la vorágine del día anterior, confío que con la recuperación de Nacho pondremos a temblar a los demás. Y parece que será de esa manera.
Logramos interponernos a varios contrincantes, y dominamos los primeros senderos de bajada.
Entonces Nacho tiene otra vez un problema con el asiento.
Logramos ajustarlo.
Mi deseo es atacar otra vez.
Volvemos a la pista y enseguida Nacho dice que el asiento le ha quedado muy inclinado hacia abajo.
Los pros andan así, le digo, impaciente.
En la tercera subida, noto el semblante cansado de Nacho, parece molesto. Comprendo que no podemos seguir así, que es una tontería, y que Nacho tal vez no está recuperado como había mencionado.
Lo espero en una de las cuestas a la mitad de la etapa y empezamos a pedalear uno al lado del otro sabiéndonos que en menos de dos horas concluirá la carrera.
Entonces confiesa que la espalda le duele.
El camino es de carros, abierto y sin mayores obstáculos. Pronto pasaremos junto a la meta, aunque solo será de vista, porque luego de eso faltará un circuito de 20 kilómetros más para volver al mismo punto y entonces, el final.
Es un buen momento para ir cerrando la experiencia con una conversa de compañeros.
Estamos a punto de terminar esta aventura, gracias por haberte sumado a esta locura conmigo, has sido un gran compañero de equipo, le digo.
Sin tu ayuda no habría podido llegar a este punto, me dice él.
Ahora vamos a terminar esto como campeones, carajo.
En el paso intermedio junto al sector de meta nos encontramos con las ovaciones de nuestras familias lo que nos da la energía que falta para los últimos kilómetros.
Los senderos finales, usados en copas del mundo de cross country olímpico, con saltos, obstáculos, se convierten en la cereza del pastel.
La música en los altoparlantes se empieza a oír a la distancia. Cada vez más espectadores a los costados del sendero. Todos aplauden o alientan, desde niños hasta ancianos. Los helicópteros sobrevuelan en la cercanía. El objetivo a punto de cumplirse.
Con cuatro 4hrs08, a una velocidad promedio de 15.7 km/h, y un total de 37hr04 de tiempo de carrera acumulado, cruzamos la meta del octavo y último día del Cape Epic 2024, considerado por la propia organización en un comunicado formal enviado días después, como la edición más difícil de la historia de la carrera.
Al cruzar esa meta, Nacho Abedrabbo, mientras levantamos la bandera del Ecuador, lanza un grito largo, profundo, y escalofriante, tan alto y emotivo, que queda grabado en mi memoria y en el lente de uno de los camarógrafos oficiales con tanto simbolismo que semanas después pasa a publicarse en la portada de la revista digital que la organización envía a todos los competidores.
En ese momento todavía desconocemos que su caída del día anterior no fue cosa menor. Nacho se fracturó cuatro vértebras, y compitió los últimos cien kilómetros del Cape Epic con esa fractura.
Naturalmente, y con toda razón, cuando nos bajamos de las bicicletas, rompe en llanto. Veo como caen decenas de lágrimas por sus mejillas. Sus palabras entrecortadas por la emoción.
Gracias, me dice, tu viejo desde el cielo debe estar orgulloso de ti.
Ese domingo, todos los ecuatorianos terminamos a salvo la competencia.
En primer lugar y tras una lección de persistencia y resiliencia, Diego Reyes y Gustavo Peñaherrera. Por otro lado, haciendo podio por primera vez en la historia del país, con una demostración de fortaleza y determinación, Ana Isabel Idrovo y Felipe Eguez.
Y cada uno de los demás, con sus historias y aventuras únicas y especiales de esta experiencia que sin duda perdurará por siempre en la memoria de los que estuvimos ahí.
Por más que tratemos de entregar fotos, escritos, narraciones, anécdotas, solo nuestros cuerpos y los chispazos de memoria que logramos rescatar podrán dar algo de fe de lo que significó haber superado esos ocho días de carrera.
¡Larga vida a la aventura, larga vida al ciclismo!


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