Como de rutina, 5:20 am, listos, uniformados, con los termos llenos, la maleta cargada de líquido. Comida en los bolsillos.
La ola de calor se ha transformado en lluvia.
Llovizna a la hora de desayunar y lluvia en la partida.
La mala noche nos pasa factura. No logramos despertar. Voy tan adormecido como el día 4, soy consciente de ese peligro.
Debemos ejecutar un esfuerzo mayor, hacer que la sangre circule, que el cerebro se oxigene. Ya habrá tiempo para dormir después.
Entonces en una zona de senderos de travesía húmedos pero rápidos, acelero sin decirle nada a Nacho.
Y él responde bien, tan bien que no solo despertamos, sino que de nuevo ingresamos a la adictiva atmósfera de intensidad.
Por el km 40, sin embargo, a Nacho le comienza a fallar el dropper post, aquel sistema automático para subir y bajar el asiento, que es una herramienta básica para ese tipo de terreno.
Nos detenemos. Como es un sistema electrónico, supera nuestra capacidad mecánica.
Sin embargo, Nacho logra hacer que el asiento quede en posición de pedaleo, sin volver a bajar.
Así al menos podemos continuar la etapa. Decidimos avanzar sin bajar los asientos hasta el siguiente punto de abasto donde confiamos que habrá mecánicos.
El peligro aumenta en las bajadas, pero logramos manejarlas. Media hora después, recibimos ayuda y el problema parece solucionarse .
Reanudamos la intensidad y las ganas de ir al máximo. Todo fluye de maravilla.
En el km 51 arranca un descenso de sendero sumamente rápido, y en el km 54, hay un paso muy complicado, una curva con una gran roca incrustada en la pared del costado derecho, mientras en el suelo se aglutinan unos escalones puntiagudos de piedra. El paso es engañoso porque la concentración obliga a fijarse en el suelo sin darse cuenta de la roca del costado.
Paso con las justas, pero Nacho, que viene atrás a toda velocidad, empoderado por esa energía que ha despertado en él desde hace dos días, no logra esquivar la roca.
Escucho el golpe y siento un escalofrío porque enseguida viene un grito ahogado y profundo mezclado con el ruido que hace la bicicleta al golpearse contra el suelo. Luego, solo quejidos de dolor.
¡No!, exclamo.
Freno a raya, lanzo la bici y corro hacia él.
La imagen es aterradora.
Ha salido desprendido por el aire hacia una pendiente de matorrales y grandes piedras ocultas en el suelo.
Mi espalda, grita Nacho, mi espalda.
Pienso lo peor.
¿Puedes mover las piernas?, es lo primero que se me ocurre preguntarle.
No responde. Se retuerce.
Nachito, ¿puedes mover las piernas?, insisto.
Ha caído boca arriba sobre la superficie.
La bicicleta está a un costado, unos metros más abajo.
El shock lo tiene desorbitado.
¿En qué parte de la espalda te golpeaste?, intento otra vez.
Nacho no logra contestar.
En eso otro ciclista sufre el mismo destino que Nacho aunque logra recobrar el equilibrio antes de caer, y luego otro y otro…
Es sin duda una zona extremadamente peligrosa, quizás la única parte de la pista donde faltó más señalización.
Vuelvo a insistir si puede mover las piernas.
Esta vez Nacho responde que sí. Y luego logra sentarse y se lleva la mano a un costado de la cadera y de la espalda, en una zona de golpes mayormente musculares.
Eso me devuelve la esperanza.
Pasan unos segundos que se convierten en minutos, quizás unos quince.
Se incorpora y cojea hasta situarse en el sitio donde yo dejé mi bicicleta, unos cuantos metros adelante.
De repente, viendo a Nacho en ese estado, me invade un sentido de responsabilidad terrible. Me vienen a la mente los mensajes de personas conocidas que me habían escrito antes de la carrera, diciendo que cuidara de Nacho, que fuéramos con cabeza, dosificando, de Luli, la esposa del Nacho, que se mostraba dudosa de que nos hayamos metido a ese desafío. Y yo mismo, de mi promesa a él de acompañarlo y ayudarlo a superar esa carrera.
Por supuesto, a raíz de eso, Nacho se desmorona por completo.
Aunque logra subirse a la bici, ya no pedalea. Se nota su sufrimiento y su dolor.
Y yo, sinceramente, no sé si lograremos terminar la etapa.
Todavía nos faltan treinta y cinco kilómetros y varias subidas de complicada gradiente.
La energía con la que ahora avanzamos es tensa y atormentada.
Esta vez no sé qué decirle. Cómo animarle. Qué información puede salir de mi boca para hacer más llevadero su dolor.
Lo empujo un par de veces.
Le pregunto cómo se siente.
Mal, contesta.
En qué momento se nos termina la carrera, pienso. En qué momento dirá hasta aquí llego.
Te veo bastante mejor, le miento.
En realidad está torcido.
Me comenta después que variando de posiciones, de sentado a parado, la molestia disminuye..
Es difícil comprender que mi compañero ha sufrido una caída, que su dolor, incomprensible para mí, es real y que debemos atenernos a un ritmo de supervivencia.
Y sin embargo, los kilómetros pasan, lentos, pero pasan.
Antes de una de las últimas subidas largas, en un abasto, acordamos que él siga mientras yo recargo comida, lleno su botella, y solicito un paracetamol a los médicos.
Al principio, se niegan a entregarme la pastilla, dicen que deben revisarlo primero. Les cuento lo sucedido, y les digo que él está bien, que sí puede continuar, pero necesita un calmante para poder terminar el día. Me dan la pastilla a cambio de que se presente en la enfermería apenas culmine la etapa.
La idea de terminar ese día parece de nuevo posible, y eso me llena de unas emociones contradictorias. Por un lado positivo y por otro de pena por todo lo que ha pasado.
Pero aún faltan algunos kilómetros.
En ese momento aparecen de nuevo Andy y Martin. Les cuento que Nacho se ha caído.
Me subo de nuevo a la bici y acelero a todo lo que puedo para alcanzar a Nacho que se ha adelantado.
Minutos después, jadeante, lo encuentro en medio de la cuesta. Se toma la pastilla. Bebe líquido hidratante.
Me duele mucho, me dice.
Te veo mejor, miento de nuevo. Y luego, pruebo su voluntad diciendo que Martín y Andy se están acercando.
Me vale mierda, responde.
Minutos después, el analgésico hace efecto, porque enseguida Nacho mejora su cadencia.
El día continua nublado, fresco.
Aceleramos otra vez, el letrero de 10km pasa por un costado, es el final de la cuesta de sendero, y Nacho de repente emana un grito que queda flotando: ¡Yo no me ahuevo a nada, chucha!
Me da un escalofrío.
De nuevo pienso en su caída. Debí advertirle. Debí ir más despacio. Me siento como el niño que alguna vez fui, que terminaba hablado por tías por haber puesto a mis primos en situaciones de peligro.
La diferencia es que ya no somos niños y que ahora la propia vida está en juego. Se me encoge el estómago.
Nacho se para en los pedales a mi lado y conquista la cuesta con una determinación impresionante.
Las piernas arden, el pulso alcanza zonas altas de nuevo.
Iniciamos el descenso en camino abierto. El fin de la etapa está cerca.
Suelto el manillar y me dejo llevar, siento la brisa fría en la cara, el cansancio en los brazos, en las piernas, en la cabeza. Pienso en la meta, donde nos esperan nuestras familias, y siento como se me humedecen mis ojos de solo imaginarlos ahí. Estamos a punto de lograrlo.
Eres un valiente, le digo a Nachito.
En el pasillo de llegada, vemos a nuestras esposas, a mis hijos, ilusionados, aplaudiendo por lo alto.
Con 5hr33 de competencia, a una velocidad promedio de 15.8 km/h, el séptimo día del Cape Epic ha terminado.


Deja un comentario