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3. Cape Epic: Los entrenos

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El peso del cuerpo sobre la superficie del colchón. El espacio de comodidad mayor. Sin riesgos, protegidos, atrapados, y donde caemos rendidos cada noche y donde más vulnerables somos. Tomar la decisión de renunciar a ese espacio, no es fácil. Habrá quienes lo logran sin problema porque simplemente no pueden dormir más, porque a las cinco de la mañana ya están despiertos por naturaleza. Para mí, es la parte más difícil de todas. La reina de la disciplina se forma en las madrugadas cuando adentro de uno, todo apunta a dejarse llevar por el sueño. Un desliz puede convertirse, en un abrir y cerrar de ojos, en la pérdida del ritmo.

Algo suena, una vibración que irrumpe el sueño como una ofensa. Los argumentos se edifican enseguida y concluyo, por primera vez en dos meses de no fallar una sola madrugada, que ese día no voy a salir. Me acobijo entre el algodón de las sábanas y ese parece ser el premio mayor. Regresa el silencio.

Entonces siento la mano de mi esposa que me sacude.

—¿No vas a salir? —me pregunta.

—¿Qué hora es?

—Las cinco.

—No voy a salir —respondo.

—Tú puedes —dice.

Me percato del ruido de la lluvia. Es la excusa perfecta para quedarse en cama. Solo pensar en el agua colándose por el pecho, por las medias, da suficiente peso para evitar la salida de ese día. A decir verdad, me siento agotado de todo el proceso. Ha sido demasiado exigente, un sacrificio que, a esa hora, en ese cansancio, deja de tener sentido ¿Para qué tanto esfuerzo? Afuera, aun de noche, sopla viento y las farolas de la calle lucen solitarias.  No tiene sentido salir, mucho menos con agua cayendo. Mucho menos sabiendo que me puedo quedar junto a mi familia, seguro, caliente y cómodo.

—Está lloviendo —digo.

Faltan tres semanas, en realidad, las más duras, que significan más horas sobre la bici. Ese día, por ejemplo, que es martes, el entrenamiento debe ser de dos horas y media. Desde las cinco y media hasta las ocho de la mañana. Miércoles, dos horas. Jueves, dos horas. Viernes, tres horas. Sábado, cinco horas. Domingo, tres horas y media. Eso por tres semanas más. Es agotador. Y ese régimen venimos cumpliendo hace un mes.

Enciendo el móvil para avisarle a Nacho que no saldré. Me encuentro con el siguiente mensaje:

—¿Le hacemos?

Mis dedos responden:

—No, creo que hoy me quedo. Me siento cansado.

No envío el mensaje. Cierro los ojos un rato más. Me acuerdo que si no salgo, luego me arrepentiré, pasaré el día atormentado por no haber cumplido. Los abro. Pongo un pie en el suelo. Agarró el teléfono otra vez. Borro el mensaje y escribo:

—Dale, sí.

La casa permanece en silencio. Tengo veinte minutos por reloj para estar listo. Camino en puntillas. Me visto. Caliento mi comida. Mientras como miro la luz de un vecino también encendida y me complace saber que hay más gente que ya está despierta. La fortaleza de carácter empieza a suceder de nuevo, a ser agradable. La idea de salir a pedalear se fortalece. Agarro mi bicicleta, acciono la linterna, percibo las gotas y el viento frío en mis piernas y en mi cara. Ese día el entrenamiento no será un paseo, nada de zonas bajas, sino puros esfuerzos sostenidos y largos.

Arrancamos.


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Una respuesta a “3. Cape Epic: Los entrenos”

  1. Avatar de generouslychief1657957b41
    generouslychief1657957b41

    Súper! quedo en la espectativa…

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