Etapa 1 | Arosa – Arosa | 58km | +2380mts subida
La carrera comienza. En los bolsillos de mi espalda cargo tres geles de una marca, y tres de otra dentro de una mini botella. Además, cuatro pastillas de electrolitos, un litro y medio de agua con carbohidratos en la mochila, y dos botellas con más carbohidratos en la bici. Para resistir debo consumir unos 65 gr de carbohidrato por hora. Reyes, a su vez, carga sus insumos de competencia. El día anterior me confesó que antes de esta carrera, en sus decenas de años de experiencia, nunca había consumido geles ni ningún tipo de alimento creado para potenciar el rendimiento. Esta vez va preparado con todos los aditivos.

Los primeros metros son de asfalto, y a pesar de nuestra propia advertencia de no excedernos, a los pocos minutos tomamos el liderazgo del grupo B, una movida arriesgada. Por unos instantes me cuestiono si estamos haciendo lo correcto. Sin embargo, las sensaciones son buenas y las piernas responden. Ingresamos a los primeros senderos en el mejor de los escenarios, los dominamos, luego sucede lo mismo con las subidas y los planos.
Estamos hechos para ese momento y los paisajes inspiran a apretar esos pedales sin temor. Ríos cristalinos. Bosques sin un gramo de basura, caminos donde cada raíz o piedra parecen haber sido puestos a propósito. Las cuestas empinadísimas. Las bajadas, ni se diga. Hay las diseñadas en planos y hay las naturales. Las naturales, empinadas, resbalosas, demandantes de una atención milimétrica, de una confianza en las habilidades propias, en el instinto puro, en el labrado de las llantas, ni muy infladas, ni muy desinfladas, cualquier error puede destrozarlo todo. Y ahí vamos, Reyes delante, yo atrás, respirando profundo, los dedos índices rozando las maniguetas de los frenos, todos los sentidos activados para que los suelos suizos y sus espectadores sepan que nuestra sangre ecuatoriana no se achica. Vamos Ecuador, oímos que grita un grupo de aficionados. Y luego más subidas, más bajadas, tramos de lastre, tramos de asfalto, vacas, zumbidos de drones sobre nuestras cabezas, flashes de cámaras de fotos.






En la cuesta final, me empiezo a dar cuenta que Reyes está más fuerte que yo. Nunca había corrido en equipo con alguien que estuviera más fuerte, y eso cambia algunas cosas. La mentalidad deja de ser de condescendencia y se vuelca a una de resistencia pura, de no defraudar. Seguirle el ritmo es el nuevo objetivo. La diferencia no es tanta, pero debo aceptar que para no separarme debo exceder lo que creía como mi límite. Además nos topamos con otra realidad que introduce una nueva angustia: los metros de subida están calculados al milímetro. Nada de inflarlos. Son lo que son, incluso un poco más que el marketing. Y eso significa que se va a escalar como nunca he escalado en mi vida.
La subida parece no terminar nunca. Es una montaña, una pista de ski, con un camino de tierra que nos conduce por una pendiente extrema. En lo alto de la montaña se divisa una construcción. Se la ve pequeña y distante, y un poco más abajo, los ciclistas del grupo A están por alcanzarla. Se los percibe como una hilo delgado y pequeño. Reyes a su vez mueve esos pedales más rápido, saca potencia de algún sitio y se empieza a alejar. Este tipo es un caso de estudio, me digo. Bajo la cabeza y me obligo a no alzarla de nuevo. Eso se debe conquistar metro a metro.
Minutos már tarde, el viento sopla más fuerte y entre aquel rugido se distingue una repentina música, unos acordes armónicos,como la vibración de un cuerno antiguo. La pendiente, en lugar de dar tregua, se intensifica, pero en medio del ahogo y la respiración acelerada, aquella música regala una sensación de tranquilidad. Se la oye cada vez más cerca, hasta que tras una curva, justo antes de un repecho de piedra suelta y una inclinación agresiva, entre decenas de aficionados, cuatro hombres vestidos con algún traje tradicional sostienen con sus manos unas largas trompetas llamadas alphorn, tan largas que se asientan en el piso. Es el fin de la última subida.
El sonido de los alphorn se convierte en una deliciosa señal de aviso que nos avisa que el día de carrera está por culminar. Luego aprenderemos que en efecto su frecuencia que se oirá desde kilometros de distancia y será siempre el llamado para saber quien los escucha estará próximo a ganar la batalla.
Luego de los alphorn, se despliega la última bajada que es un sendero que desciende como una serpiente hasta el poblado de Arosa que se divisa cientos de metros más abajo. Ya la conocemos porque practicamos en ella el día anterior, pero después de tres horas y media a una intensidad tan fuerte, las sensaciones son otras. El cansancio ha debilitado la mente y el cuerpo, las pantorrillas queman y claman descanso, el cerebro no pone la misma atención.
Unos neozelandeses bajan detrás, y a pesar de los esfuerzos, de soltar los frenos y confiar aún más en los peraltes, en el grado de inclinación y el punto de equilibrio exacto para salir con más velocidad de la curva, de pronto tomo mal una curva, pierdo pista y salgo disparado hacia unos matorrales con piedras. Por algún regalo divino, no me caigo, logro controlar la velocidad, le grito a Reyes para advertirle, pero no me oye. Antes de que me rebasen los kiwis, improviso maniobras rápidas entre grandes rocas, y logro incorporarme al sendero. Segundos despúes, un espasmo arremete en mi cuádriceps izquierdo, ¿calambre? Los kiwis ahora me pisan los talones. No solo nosotros sabemos bajar, pienso.
Al finalizar el descenso, a pocos kilómetros de la llegada, Reyes ataca en un tramo de asfalto , pero no logro seguirle, el calambre vuelve, y por mi culpa nos rebasan los Kiwi Pedal Cartel. Es difícil aceptarlo.
Minutos más tarde, nos enteramos que nuestro tiempo fue tan bueno, que no solo no descendimos de grupo, sino que ascendimos al Grupo A. Tanto entrenamiento, datos, nutrición, finalmente dan su resultado. Pero algo de esa noticia a mi no me hace feliz. Si ya se notaba que sería una carrera dura, ahora se pondrá peor. Al día siguiente, partiremos un pelotón atrás de los más fuertes mundo, los UCI, y un pelotón delante de las mujeres más fuertes del mundo. ¿Miedo?


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