Etapa 3 | Laax – Laax | 63km | +2300 mts subida
Partimos con una ligera llovizna, está tan oscuro que me debo quitar las gafas para ver bien el camino. A los pocos minutos nos encontramos con los equipos con los que competimos ayer. Sabemos que podemos obtener una diferencia. Escampa rápido, el suelo está mojado.
En un acuerdo implícito, Reyes y yo nos paramos en los pedales y atacamos en la primera cuesta. Obtenemos la ventaja esperada. Llego a pensar que estoy mejor que ayer. Quizás mejor que el primer día. Las sensaciones son buenas. 320 vatios, 400 vatios, pulso activo, la respiración como un motor dos tiempos y así logramos entrar primeros a la primera bajada de sendero. Raíces mojadas dentro de un bosque tan oscuro que parece de noche, sumado a una niebla espesa.
Son las ocho de la mañana. Rechinan las pastillas de los frenos, las llantas crujen y rompen la capa de tierrra mojada cuando traccionan.Nuestros límites han desaparecido, todo es inercia, todo es cuestión de sabernos seguros, de confianza en la bici y el cuerpo fusionados en uno. Las suspensiones trabajan en conjunto, la de la llanta de adelante, la de la llanta de atrás, y las piernas y los brazos, que se coordinan además con la presión correcta de los dedos índices en los frenos, y todo eso en la búsqueda del balance perfecto para avanzar sobre el centro de gravedad exacto, mientras los músculos piden clemencia. Hay un placer infantil en ese dominio. Nada difícil, pensarán los espectadores. Un ciclista se cae y sale disparado al frente nuestro, se revuelca en el piso, y su compañero se detiene para socorrerlo.
Desembocamos a un caserío entre una loma, con sus chalets de cuyos techos aún gotean los rezagos de la lluvia. Veo unos tractores parqueados, unos caballos hermosos comiendo en un corral. La gente bajo paraguas aplaude. Hop, hop, hop, gritan cuando arranca la siguiente cuesta, un sendero húmedo, con lodo, rocas y una pendiente desafiante. Saco la botella con geles, la aplastó en mi boca y noto un sabor a fermentado. Entonces algo me pasa. Un suspiro, un dsinfle.

Es el kilómetro quince. La cuesta se estrecha, se empina más, el labrado de las llantas no sostienen la tracción. El ritmo exige mayor fuerza de piernas y sostenerlo por largos minutos. Trato de apretar, pero las piernas de repente me duelen, como una sensación de acumulación de ácido láctico. Me ataca una ola de cansancio, regresa el dolor de espalda con un espasmo de náusea. Reyes saca ventaja, lo veo alejarse, mantiene ritmo ¿Cómo logra pedalear así? Me rebasan los equipos del día anterior. Quiero pensar que sí puedo, pero es como si de pronto todos fuesen más rápidos que yo. Me rebasan más equipos. Veo el computador. Los datos están totalmente distorsionados. El pulso bajito y sin embargo siento que no puedo más.
Entonces una sentencia fatal invade mi cabeza: estoy fundiendo. Lucho contra ese pensamiento, pero entonces caigo en cuenta que faltan 45 kilómetros y dos mil metros de subida, una eternidad. Se acentúa el malestar estomacal, siento asco. Pienso en el sabor fermentado de los geles dentro de mi barriga. Quiero parar. Sé perfectamente lo que me está pasando, es la puerta al inframundo, a la blanca, a la pálida. Tanto esfuerzo para evitarla, pero ahí está, latente, dueña de una vertiente de pensamientos que me quieren aniquilar. Me rebasan más equipos.
Reyes baja el ritmo, espera. Me pregunta si estoy bien, no respondo. Se coloca a mi lado, y me dice vamos, loco, tú puedes. Asienta su mano en mi espalda y empieza a empujarme. Nadie me había empujado en mi vida.
Es recién el día tres, faltan miles de metros de subida, literal, y si logro terminar esa etapa, la del siguiente día es peor, es la peor. Me pregunto si podré hacerlo. Dudo de mis capacidades. Dudo de mis piernas. Se me antoja bajarme de la bici y sentarme, o acostarme, o retirarme. Más equipos nos rebasan.


Entonces me abandono en ese desbalance químico en forma de ideas oscuras. El Reyes me dice que me abra el chaleco. No puedo ni levantar la cabeza para ver dónde estamos. Todo es horrible, abrumador. Los minutos se ralentizan más que nunca. El descanso parece una meta inalcanzable. Percibo un aire de compasión en la gente que me ve. Pero todo está en mi cabeza, me repito. Es químico. Tengo que recuperarme, tengo que comer más, es cuestión de tiempo. No debo hacer caso a lo que pienso en esos momentos.
En un punto de abastecimiento, por primera vez en la carrera, decido parar. Destrabo el pie del pedal. Apoyo mi frente en el volante. Como lo que me entra, aunque es poco porque me da asco. Tomo un medio vaso de coca cola, muerdo un wafle, me empujo un gel, un bocado de sandía, medio plátano, agua, unas galletas. Sé que debo tratar de recuperar glucógeno. Es lo único que me puede salvar. La parada dura menos de tres minutos. Seguimos.



A pesar de las molestias de estómago, siento que la energía regresa, me pongo al lado de Reyes, los números parecen mejorar. Ya estás mejor, me dice el Reyes. Creo que sí, respondo. Ganamos velocidad, pasan cinco, diez minutos, y de pronto, otra vez lo veo alejarse, otra vez mis números al piso. Me como otro gel y nada. Y de nuevo los pensamientos de derrota. Reyes me espera, me empuja de nuevo. Le digo, no puedo más. Sé que él está entrando en desesperación. Ya no me importa, lo único que quiero es poder terminar, y solo me digo, no dejes de pedalear. No sé cómo lograré empezar el siguiente día que son cien kilómetros y dos mil ochocientos de subida. Dijeron que podría llover. No sé cómo manejar la situación. Es lo más difícil que he hecho en mi vida. Demasiado largo. Y al frente se dibuja una subida más, con una inclinación que parece un insulto. Me acuerdo de mi papá, y le invoco con el pensamiento, le pido perdón por acudirle siempre en estos momentos pero por fa necesito una ayuda, donde quiera que esté, un empujoncito, un respiro. Pienso en las vacas y sus campanas, pienso en lo desesperante que debe ser tener el sonido de una campana retumbando en los oídos todo el día.
Luego de unas horas que han parecido una vida, la cuesta finalmente termina. Reyes me dice, en esta bajada recuperamos vamos con todo. Son diez kilómetros de bajada, nuestra especialidad. Me armo de valor, y me pego a su rueda haciendo un esfuerzo gigante para mantener la concentración, para no dejarme vencer. Percibo que es una bajada hermosa, con saltos, peraltes, ondulaciones perfectas, interminable. La gozo a pesar del abatimiento. Y antes de las cuatro horas que han parecido diez, la línea de llegada se levanta en el fondo de un potrero. Cruzarla me produce una exaltación de emociones. Le abrazo a Reyes, y le digo gracias.

Después de un rato, mientras empieza de nuevo la jornada interetapa, (la proteína, vitamina c, el plato de carbohidratos…) él me confiesa que ese día fue el más fácil. Los demás amigos terminan le etapa unos minutos después. Se los ve contentos. Fue un buen día para ellos. Así reafirmo que lo que yo tuve fue un desbalance.


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