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6. Cape Epic: Salir del hueco

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Cerramos los ojos dentro de la carpa provista por la organización. Una colchoneta en la espalda, y el silencio de todos los atletas que piensan en la etapa del siguiente día. Algunos con sus linternas estudian las altimetrías, otros estiran los músculos, otros ya duermen

Es la segunda noche en carpa, de vivir la experiencia de pasar del calor agobiante del día, al frío de la noche, a la rutina de lavar termos, de ducharse en los remolques, de lavar la ropa, recoger agua en unos grifos surtidos desde grandes tanques.

Cientos de carpas, y en la fila I, al fondo, nuestra aldea de paisanos. A penas un buenas noches, y los ojos se cierran.

El cuerpo cae rendido, y sin darnos cuenta, como si hubiera pasado diez minutos, de pronto se enciende en los parlantes, a todo volumen, unos tambores africanos seguidos de un coro de mujeres, anunciando que son las cinco de la mañana en punto, hora de empezar el tercer día de carrera, y de saber que ya mismo recorreremos casi cien kilómetros.

El cuerpo cansado, pesado, lucha por despertar. Los pensamientos interponen cuestionamientos de por qué estamos ahí, por qué nos hacemos eso.

A las siete y cuarto de la mañana, el sol todavía escondido detrás de las montañas, aún con frío, suena el pitazo de salida.

Ese es el día cuando horas después, Nacho ha fundido máquina.

La esperanza del Nacho Barba Blanca es una ingenuidad de ayer, solo queda la resaca. Cambiamos la estrategia a por lo menos terminar el día.

Los competidores nos rebasan por docenas, entre esos, varios ecuatorianos.

Es complicado no entrar en desesperación, sobretodo cuando sientes que puedes avanzar más rápido para llegar lo antes posible a la meta y hallar una sombra.

Dale Nachito, lo estás haciendo muy bien, eres un guerrero, tú puedes con esto.

Su silencio es preocupante.

Lo empujo un poco más.

La subida abandona la sombra del bosque de pinos y se abre hacia una arista empinada en mitad de matorrales feroces y calientes.

Esto es como la subida de lastre de Lumbisí, hemos subido miles de veces, le digo, es como un chaquiñan entre semana.

Parece que no vamos a lograrlo, pero luego de unos veinte minutos más de cuesta finalmente aparece una moto aparcada a un costado, unas banderas flameantes, luego un dron, y la señalética de la carrera indicando el desvío hacia la bajada.

El viento apenas sopla y la sensación de conquistar esa terrible subida, significa un importante triunfo.

Le sugiero a Nacho que se coma un gel, con la esperanza que reponga energías para salir de aquel bache mental durante el descenso.

Responde que no se siente con fuerzas para la bajada.

Los competidores de enfrente levantan nubes de polvo que impiden la visión de la única huella.  

Me pego casi hasta rozar la llanta de uno de ellos para presionarlo. Confío que se hará a un lado para pasar. Pero en esa carrera nadie afloja sus posiciones.

Por detrás, otros corredores hacen lo mismo con nosotros.

Rebasemos, le digo al Nacho.

Veo de reojo que da su mayor esfuerzo por seguirme, pero al final no puede con la presión, y al contrario, los de atrás lo desplazan a él.

No puedo detenerme, así que continúo a todo vapor.

Enseguida escucho el siseo de alguien que me sigue de cerca.

Es el Nacho, me digo.

Continuo algunos minutos y cuando paso una complicada zona de piedras y gradas, y el siseo continua, comprendo que mis cavilaciones están erradas. Quien me sigue no es él.

Contra mi impulso natural, pongo el pie en el suelo y lo dejo pasar.

Miro hacia atrás.

El Nacho no aparece.

Afino un poco más la vista y entonces lo veo metido entre un grupo de ciclistas que bajan constantes.

Doy marcha hacia adelante y unos minutos después termino la bajada.

Nacho llega enseguida.

De nuevo nos encontramos en camino abierto, con los viñedos a los costados.

El último esfuerzo.

Nos pegamos a un grupo de ciclistas y formamos grupo. La velocidad y la sensación de cansancio sube.

El ritmo es demasiado exigente.

Nacho no lo va a lograr.

Me siento mejor, alcanzo a escucharle en medio del bramido de la velocidad.

Y de pronto se pone delante y comienza a liderar el pelotón.

Me hace una seña para que me pegue a su rueda. Los vatios de potencia son altos, quizás demasiado. El pulso sobre los 170 latidos por minuto.

Vuelve a aparecer el Barba Blanca.

Me lleva a una velocidad impresionante, rebasando a todo ciclista que aparece en el campo de visión, dejándolos atrás. Algunos tratan de pegarse a nuestra rueda, y la mayoría no puede soportar el ritmo.

A los 97 km, en lugar de la meta aparece el letrero de 2 kilómetros para el final.

A los 99 kilómetros, tras 06hr08 de tiempo de carrera, a una velocidad promedio de 16.2 km/h, el día tres del Cape Epic termina.

Nacho está asustado.

Mañana tenemos que arrancar más despacio, implora.

En el campamento, mientras buscamos sombra para guarecernos del sol e inicia el peregrinaje de la postetapa, de pronto notamos que el ambiente luce desconsolado. La gente deambula, algunos con heridas en las piernas, en los brazos, otros duermen a plena luz del día bajo alguna sombra.

Nacho comenta que ese día conoció el inframundo.

Con aquella idea, terminamos el día a las 8-9 de la noche, en silencio, cada uno en su carpa, y como siempre, en un abrir y cerrar de ojos, a las cinco de la mañana, se enciende por todo lo alto la canción de los tambores africanos que indica que la etapa del día 4 está por comenzar. Para ese rato, esa canción provoca más miedo que ilusión.


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