5. Cape Epic: El Barba Blanca

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Dos días antes de que nos enfrentemos al sartén del valle de Witzenberg, se lleva a cabo el prólogo en Lourensford Wine State, un precioso viñedo con un diseño de senderos que surcan las colinas y de cuando en cuando regalan una vista hacia el océano y hacia la Bahía de Gordon.

Durante el día de reconocimiento, nos encontramos en la pista con Nino Schurter, la leyenda del ciclismo de montaña, con quien pedaleamos codo a codo unos pocos minutos.

En el prólogo, de 26 km y 613 metros de ascenso, logramos soportar un ritmo exigente durante todo el trayecto, incluso en un descenso sumamente técnico y peligroso.

Al siguiente día, ya asentados en el primer campamento en el valle de Tulbagh, a un par de horas al norte de Cape Town, partimos con el lote del grupo B a una velocidad impresionante, entre una densa nube de polvo que impide ver más allá de un metro, que nos ahoga y se introduce por debajo de las gafas hasta los ojos, dentro de las orejas, de la nariz, y de la boca.

He imaginado decenas de veces esa escena, ese pelotón, la velocidad, el zumbido de los helicópteros sobrevolando y de los freehubs de las bicis como una colmena en los oídos.

Aunque los helicópteros, a decir verdad, a penas los vemos, pues van detrás de los profesionales, quienes han arrancado veinte minutos antes que nosotros.

En uno de esos momentos decido atacar, cuando la cuesta se pone más dura. Rebaso a algunos competidores. Atravesamos una nube de polvo que no permite ver más allá de la llanta delantera. Presiento que es un error, no quiero sobre exigir a Nacho. Y sin embargo, la emoción me conduce a continuar, a rebasar hasta sobrepasar la nube, y al voltear a ver, me encuentro liderando aquel grupo. Atrás solo se ve una muralla de polvo mezclada con cascos, manubrios, llantas. Nacho se ha quedado atascado dentro. Pienso en esperarlo, arrepentido del arrebato. Pero entonces alguien surge entre la nube, y se me acerca, va cubierto de tierra de pies a cabeza, con una cadencia temible, venciendo el momento, y con la barba del color de la tierra clara.

Qué polvareda.

Parece Gandalf, del Señor de los Anillos.

Se lo hago saber.

Sonríe con esa cara repleta de tierra y de inmediato subimos unos cuantos vatios más la potencia de pedaleo.

En la última cuesta, llamada el Paso Fanty, un paraje de bosques y grandes picos, con una gradiente asesina, Nacho despide brasas mientras rebasamos a personajes tirados en el suelo que sufren por calambres.

Terminamos los 86 km de distancia del segundo día del Cape Epic de con un tiempo de 5hr07, a 16.7 km/h de velocidad promedio.

La ruta, sin duda, ha sido de las más difíciles y desafiantes que hemos hecho en la vida.

El siguiente día, el de la travesía en el valle Witzenberg, en teoría, será más sencillo. Eso dice el mapa. Pero la realidad, será otra.


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