Etapa 2 | Arosa – Laax | 80km | +2600 mts subida
Desayunar luchando contra los nervios, ¿huevo? no, me da asco, pan, ok, pasa raspando, pero pasa, plato de avena con nueces, con miel, jugo de naranja, café. Mientras tanto, Reyes, relajado, dos tazas de café, plato de huevo, dos panes, jamón. Diez minutos antes de partir un gel con cafeína, abrazo con el partner deseándonos suerte, en el altoparlante se oye el grito de partida, y arranca.
Parece que ha pasado una hora pero el reloj dice que apenas marca quince minutos. Las piernas se mueven a todo vapor: 280 vatios, 300 vatios, 260 vatios, 320 vatios, 280 vatios, 270 vatios. En eso salta una molestia en la espalda baja, la lesión de toda la vida, la falla genética según el quiropráctico, una vértebra de más.¿Le ignoro?, sí, le ignoro, el corazón en zona 4, en zona 5, no baja el pulso, no importa, estamos en el pelotón A, avanza rápido, quizás demasiado. Reyes aguanta el ritmo, me regresa a ver unos metros más arriba, vamos en el kilómetro cinco, hemos subido trescientos metros, atrás una voz de mujer pide paso, me abro a un lado, son las primeras mujeres profesionales, las UCI, nos rebasan con una cadencia que trato de imitar, logro aguantarlas, pero resisto menos de tres minutos. Forman un tren, se alejan, se las ve tan livianas, mientras yo me siento pesado, mis piernas ordenan que baje el ritmo, no les hago caso.



El cielo se nubla, sopla un viento frío, pienso en la lluvia, le tengo miedo a la lluvia, le tengo miedo al frío que provoca, a esa sensación del agua atravesando las capas de ropa, por el cuello, la espalda, las medias, hasta llegar al pecho y luego al propio espíritu. Tomo tres sorbos de carbohidratos, en los bolsillos de la espalda cargo misma dosis que el día anterior, sumado a una chompa. Aplasto la mini botella de geles dentro de mi boca, sabe raro.
Reyes corona, me espera, y empezamos la bajada. Bajemos como campeones, me dice, y así empieza aquella etapa que durará cuatro horas y media (cada minuto como si fueran veinte) sin parar ni en los puntos de abastecimiento porque agarramos al vuelo un pedazo de plátano o de sandía.

Y de vez en cuando, entre el cansancio y la lucha mental, uno levanta la cabeza y te acuerdas que estás en la salvaje y mística Suiza, con sus prados verdes, sus bosques, sus caminos perfectos, las casitas de madera, y las vacas Brown Swiss que se las oye a kilómetros de distancia porque en sus cuellos cuelgan las famosas campanitas metálicas. Aunque el sufrimiento es avasallador, siento cómo la sonrisa se dibuja en mi cara.
Un par de horas después, cuando la fatiga de nuevo se ha instalado en las profundidades de la mente, me descubro pensando en los competidores que van delante. Son un grupo de unos ocho ciclistas, uno atrás de otro, no se despegan y dominan un sendero plano que parece interminable en medio de un bosque, con curvas cerradas, montículos, raíces. Los observo desde una mente debilitada. No comprendo cómo andan así. Van tan rápido, como si flotaran sobre el terreno, y por un momento decaigo y me separo. Me pregunto si acaso son súper hombres, personas con un mapa genético favorecido. Los observo alejarse y si no hago algo rápido perderé la estela de ese tren. Entonces me veo a mí mismo tan cerca y a la vez tan lejos, y doy un pedalazo más, con furia, y me pregunto si acaso yo también seré un súper hombre. Tal vez sí, me respondo, tal vez lo soy. Entonces me paro en los pedales y sin hacer caso a todas las alertas internas y externas, ejerzo un esfuerzo brutal durante unos segundos y logro juntarme otra vez al tren, esta vez sin despegarme.
Ese pensamiento se convierte en un mantra que me lo repito durante el resto del día, y que mágicamente me provee de una energía que no me deja decaer. Y si llegara a llover, me digo, ahí estaré para enfrentarla.
Al final, cuando la última subida se presenta larga y tendida, notamos con Reyes que podemos ir más rápido que esos equipos. Basta una mirada, un vamos silencioso. Entonces los rebasamos y atravesamos el espacio como dos flechas que a los setenta y cinco kilómetros han optado por atacar con unas fuerza que de seguro sorprende a esos ciclistas, quienes, probablemente se preguntarán, si es que ese par de ecuatorianos serán acaso unos súper hombres.
Las interetapas son parte fundamental de las carreras de etapa
Termina el día dos y en ese instante arranca la preparación para el siguiente. Es una transición esencial, tanquear la máquina para que se recupere, y la única manera es a través de la ingesta nutritiva, el descanso y los masajes.
Comemos alimentos recuperativos, proteína líquida para los músculos, vitamina c para los radicales libres, un alkaseltzer para balancear el ph, empujarse un plato de carbohidratos, dos litros de agua, uno de electrolitos, vitamina d, magnesio, aminoácidos esenciales.
Luego, en el hotel, tina de agua helada, automasajes en los músculos de las piernas, de la espalda, lavar las botellas. Sería bueno dormir un rato, pero hay que ir a hacer mecánica en el parqueadero, limpiar la cadena, rodamientos, suspensiones, y mientras lo hacemos, las anécdotas con los amigos surgen. Hay risas, hay nervios. Comienza a anochecer.

De vuelta en el hotel, preparamos la alimentación para el siguiente día: rellenar la mini botella de gel, juntar los carbohidratos líquidos, juntar los geles individuales, colocamos el número en el maillot de mañana. Mientras, analizamos el próximo desnivel, la hora de partida, los tiempos, alistamos la maleta que entregaremos para que nos devuelvan en la siguiente estación de transición. Después cenamos, volvemos a la habitación, despertador a las cinco de la mañana, y luego la gran pregunta: ¿fue suficiente toda la ingesta? ¿faltó algo? ¿debí comer más? Pienso que sí. Cierro los ojos, y parece que casi enseguida suena el despertador, lo apago. En el comedor, me empujo el desayuno entre una masa de nervios. Gel de cafeína diez minutos antes de la partida, conteo regresivo, y dele, de nuevo.


Deja un comentario