6. Swiss Epic: El juego mental

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Etapa 4 | Laax – Davos | 100km | +2800 mts subida

Amanece sin sol. Oscuro de nuevo. Las nubes infladas, grises. Estamos despiertos desde las cuatro y cuarenta de la mañana. A las siete y dos minutos suena el disparo de partida. Empieza a llover con fuerza, un aguacero.

Montar esta bici, es lo que más me gusta hacer, me repito. Recorrer estos caminos, es un lujo. La mente como una brújula con un norte específico. El control frío y descorazonado de mis pensamientos. El agua pronto ingresará por las medias, por la espalda, por el pecho. No hay chompa que aguante. Pienso en el frío y me convenzo que el frío es una idea, al igual que las molestias o la fatiga.

Alcanzamos los primeros diez kilómetros.

Uno de diez, me digo.

Faltan nueve.

Bajamos a un valle y por primera vez me toca reducir la velocidad porque Reyes se ha quedado. Sé que no es condición física, sino que se salieron los broches de ajuste de sus zapatos. Ya los arregló.

La etapa avanza rápido. Rodamos por un sendero junto a un río. Es un plano. Formamos un pelotón entre varios equipos. Están los equipos de siempre, y otros más, unos noruegos, unos daneses. Miro la velocidad, cuarenta kilómetros por hora, cuarenta y cinco kilómetros por hora. El rugido del aire, el viento, y del contacto de las llantas contra el suelo, sobreponiéndose a todo. Es una sensación de euforia, una vibración que recorre cada célula. El viento y la llovizna sobre la cara, los espectadores exaltados, alientan, aplauden.

Pedaleamos en un lugar desconocido de los Alpes suizos en medio de un potente pelotón que vuela, hasta que de pronto alcanzamos a las primeras mujeres UCI. Las mejores del mundo. Las rebasamos. No me lo creo.

Comenzamos a rotar la punta, como en bici de carretera. En un punto, por supuesto, me toca liderar, y eso significa incrementar la fuerza y el cansancio considerablemente, pero es una cuestión de respeto por los demás, por el grupo. Me pongo en el primer puesto y rompo la resistencia del viento. La potencia sube, el pulso, zona cinco. Resisto. Me como otro gel.

Pasan unos minutos e inicia otra subida. Un sendero en zigzag con piedras y raíces, y una inclinación que para ese momento ya no me sorprende. Entonces la llovizna se convierte en un aguacero torrencial.

Cuatro de diez, me digo.

La euforia concluye, nos rebasan de nuevo las mujeres UCI. Nos rebasan los noruegos quienes manejan mejor el terreno. Reyes se adelanta unos metros. Trato de seguirlo pero estoy a mi cien por ciento. El aguacero irrumpe con mayor fuerza.

Entonces me nace una pregunta: ¿eres de los que se rinden o de los que ganan? ¿eres de los que se rinden o de los que terminan lo que se proponen? Aprieto el paso.

La pregunta se convierte en mi mantra de la etapa. Por supuesto, no soy de los que se rinden. Pienso en mi familia y en mi papá que me convenzo que me está acompañando, que va conmigo porque ahora la invitación es a que disfrute de esa locura que estamos viviendo. Y la cuesta sigue y sigue. A los costados, unos precipicios cubiertos por nubes. El sendero como una rasgadura en una pared rocosa. Entramos a un túnel con una fila de bombillos colgados del techo. Luego cruzamos un puente de tren sobre un precipicio que es mejor no ver abajo. Es uno de los puentes más antiguos y grandes de Suiza. Trotamos por un costado escuchando el golpeteo de los clips de los zapatos contra el metal del piso. Y después, para delante, solo para delante, un metro a la vez, un kilómetro a la vez, diez kilómetros a la vez. Tomamos una vía de asfalto, cruzamos otro túnel. La lluvia no cesa.

Seis de diez.

Siete de diez.

Ocho de diez.

Faltan quince kilómetros. Al aguacero ahora le acompaña un viento helado. Vamos cinco horas de carrera, en realidad, vamos veinte horas de carrera. El frío esta vez se intensifica al borde del colapso. Los músculos se contraen, posibles calambres a cada instante. Molestan los hombros, la espalda, las piernas. El cuerpo tiembla descontrolado, la quijada de arriba abajo. La respiración entrecortada. Resoplidos que desprenden partículas de agua. La nariz como un grifo abierto. Pero nada de eso nos encoge. Y de pronto, los alphorn, guarecidos en el techo de una especie establo. Su armonía en mitad de la lluvia. Una parada rápida para tomar un caldo caliente.

Es cierto que han sido cuatro días, que puede parecer poco tiempo para alguien normal, pero en ese estado cada segundo parece un mundo, una vida, una muerte, y una resurección. Las emociones comienzan a desbordarme mientras pedaleo junto a Reyes. No me averguenzo. Pero entonces compruebo que no soy solo yo quien se siente así.

Ha sido un lujo correr contigo, le confieso.

Los sentimientos se elevan a la altura del cuello, un nudo en la garganta.

El honor ha sido para mí, eres un mounstro, me contesta él.

Cruzamos un par de palabras más de estima mutua, y luego, Vamos, grita él, y acelera como el caballo que presiente que está por llegar a casa.

Inicia una travesía técnica dentro de un bosque en una ladera. Abajo, entre nubes sueltas, aparece un pueblo, una ciudad ¿Davos? Vamos cinco horas y media.

Diez de diez.

A las seis horas de carrera, cruzamos la meta. Se me escapa un grito, casi un aullido. No podemos articular palabras. No podemos sostener el vaso de sopa caliente. Una enfermera se acerca y nos coloca mantas térmicas en la espalda, en el pecho. No somos los únicos, todos tiemblan, todos intentan controlar los espasmos involuntarios.

Esa experiencia ha puesto nuestros límites físicos y mentales a otro nivel. Y lo logramos. Entonces aparece Sandro, un amigo peruano, que no tiembla, que sonríe, se lo ve tranquilo. Este es mi chaleco, nos dice mientras se agarra con una mano los generosos pliegues de su barriga.

Desde la carpa de enfermería, ya algo más caliente trato de ver la meta. Los días anteriores esperamos con ilusión la llegada de nuestros amigos, pero no asoman.

Esta vez las condiciones son demasiado duras, y debemos ir de inmediato al hotel para abrigarnos.

Minutos después, ya algo preocupados, recibimos un mensaje: Lo logramos, terminamos.

Cada uno con su universo. Cada uno, campeón a su manera.


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