A eso de las diez de la mañana desembocamos hacia una plantación de manzanas donde el camino se abre y nos regala algo de brisa. Para ese momento, la ilusión de competir en Sudáfrica ha migrado hacia el silencio y la seriedad propia de la carrera de ciclismo de montaña más respetada del mundo.
Es el tercer día de carrera, y aunque sentimos que hemos recorrido una eternidad, el reto recién transita sobre las fases iniciales.
A un costado de la plantación, junto a una ribera destacan un par de árboles que por su verdor y sombra generan una sensación de frescura. Lo que no resulta tan refrescante es la imagen de la ambulancia parqueada a pocos metros, con las balizas encendidas, y un competidor sentado bajo el árbol mientras un paramédico le suministra aire con una vejiga plástica que la infla y desinfla a la altura de la boca.
Reconozco al hombre como parte del equipo China MTB que durante el prólogo, dos días atrás, nos rebasó a una velocidad sorprendente, como si fueran profesionales. Ahora el personaje se está retirando de la carrera. El Cape Epic lo ha derrotado como a casi ochenta competidores que ese día, recién el tercero de ocho, optan por abandonarla.

A los demás, nos esperan cinco días de competencia, entre esos, la etapa reina, que a simple vista, por la altimetría de tres mil metros positivos, raya en la locura.
Pero en ese instante no existe espacio para pensar más allá de cada segundo que viene, segundos tan largos como los que suceden bajo el agua.
Nacho pedalea fuerte y con mente enfocada. En el plano se pone delante y marca el ritmo. Saca a relucir su poderío, y así, de paso, me regala unos instantes de descanso tras su rueda, lo cual reduce el esfuerzo que he venido ejecutando esa mañana en aquel valle que más que un valle parece un sartén.
Cuando el camino se transforma otra vez en sendero, las cosas empiezan a complicarse.



La huella, al principio rápida, se agrieta hasta que se pierde bajo miles de rocas sueltas y se convierte en una travesía trabada, en un suelo árido, con arbustos espinosos incapaces de regalar sombra, y con un sol que parece un radiador en la espalda.
En ese momento, la temperatura ha alcanzado los cuarenta y dos grados centígrados.
Un grupo de europeos fluye al lado de forma envidiable, algunos son mayores, de más de sesenta años seguramente. De cuando en cuando, rompen el silencio para pronunciar alguna frase en sus idiomas; de cuando en cuando, nosotros también pronunciamos una que otra palabra, pero el resto del tiempo, rodamos sumidos en nuestros interiores.
Nacho, en la salida de una quebrada pierde tracción y pone pie a tierra. Arranca a empujar la bici con determinación, su esfuerzo sigue siendo notorio, aunque bajarse de la bici ralentiza el avance y aumenta la sensación de ahogo.

Casi a la cuarta hora de carrera, la sección al fin termina, y nos despide hacia un camino abierto. En lugar de alivio, sobreviene el agotamiento, como si toda la energía se hubiera drenado en esa última travesía.
Pienso en mi familia y en mis hijos, y los extraño con una intensidad ridícula. Se me encoge el estómago, y me da ganas de llamarlos, de hablar con ellos, de decirles que los quiero.
Ese rumbo de pensamientos, sin embargo, no conduce a ningún lugar bueno. Me obligo a rescatar la ilusión en el sentido de la aventura, de sabernos en un sitio tan remoto como los campos de ese valle, en la remota Sudáfrica, entre los mejores ciclistas del mundo, recorriendo unos trayectos salvajes con posibilidad de marcar nuestras vidas por siempre.
Además, yo decidí estar en ese lugar.
La fuerza en mis piernas mejora, alzo la vista y me visualizo como una máquina de ciclismo.
El paisaje vuelve a ser hermoso.
El calor, algo más llevadero.
Pero no estoy solo.
Nacho, detrás, baja el ritmo y el lote de ciclistas nos abandona. Lo vemos alejarse, distanciarse, como si fuera el último tren del desierto.
Me pregunta si tengo algo de electrolitos.
Cargamos tres litros y medio de líquido cada uno, entre dos botellas y una mochila de hidratación, y en ese rato que debe ser el kilómetro 65, se le ha acabado toda la bebida. Solo le sobran carbohidratos líquidos, que no son más que un tipo de puré aguado y tibio.
Su tono de voz parece atormentado.
Seguramente lidia con sus propios monstruos.
Le extiendo lo último de electrolitos que me sobran.
Entonces arremete nuevamente contra los carbohidratos, le da asco, dice. Hubiera sido mejor traer más electrolitos.
Ya mismo llegamos al abasto, le digo, para que recargues lo que quieras.
Debe estar cerca, pienso. Según los cálculos, a menos de un kilómetro, sin embargo continuamos sumando distancia y no aparece, y el calor aumenta.
Perdemos más puestos, una docena por lo menos.
La idea de un descanso se antoja agradable, casi una necesidad de vida. Sin embarbo, nos falta una subida de unos diez kilómetros bajo ese sol para salir del caldero de Witzenberg y luego debemos descender al valle de Tulbagh, un lugar más amplio donde se sitúa el campamento. La bajada, llamada Wagon´s trail sabemos que será técnica y larga. Y después seguirán unos falsos planos de más de diez kilómetros entre viñedos. Mejor no pensar en todo lo que se viene, puede ser demoledor para la mente.
Es una etapa de 97 km, y estamos en el km 68.
Finalmente aparece el abasto. Aprovechamos para mojarnos la cabeza, cara y espalda con agua fría.
En ese rato, nos alcanzan Ana Isabel y Felipe Eguez, quienes tienen la esperanza de lograr un podio en la categoría mixta, aunque para ese instante parece complicado porque los primeros equipos están sumamente fuertes. Se los ve motivados y con bastante energía. Nos rebasan y poco a poco se alejan.
Cuando arranca la subida, percibo que la energía ha regresado. Hay fuerzas en las piernas, y el agua fría en la cabeza y en la espalda ha aclarado las ideas. Vamos, le digo al Nacho, con todo. Sin embargo, en cuestión de segundos, se queda otra vez, esta vez su cadencia es más lenta que antes, los brazos flojos, la cabeza caída, apenas pedalea.
No doy más, alcanza a decir.
Mis sospechas entonces se vuelven realidad, está perdiendo su primera batalla mental y esto recién está comenzando.


Deja un comentario